Lletreferit — 17 Febrero 2014
“Siete años, un martes y un septiembre”, de Julio Oliva (ediciones con carrito)

«esos labios de agua que gotean por entre mis labios, unos ojos gerundio en una esquina cualquiera, en la parada del autobús»

Hay libros, frases, párrafos, que nos llegan por casualidad. Frases a las que llegamos después de un terremoto, frases a las que llegamos a través de la paz, frases que buscamos, desesperadamente, para que nos salven la vida. Pero las casualidades no existen. Buscamos, por tanto, esos libros que están perdidos, que cuentan historias de perdedores, historias en los que los protagonistas no han ganado la que creían la batalla más importante de su vida. Y los buscamos porque somos uno de esos outsiders, porque sabemos que a través de ellos podemos dar con la clave que resuelva nuestro propio enigma pero, sobre todo, porque sabemos que el dolor será compartido.

La historia que encierra Siete años, un martes y un septiembre es, en parte, mi historia. Pero no es sólo mía: todos hemos pasado por los escenarios que Julio Oliva nos describe, todos somos capaces de lanzar nuestra vida contra la pared y rebuscar en los miles de trocitos esos que evidencien que también hemos sufrido. A veces basta con enseñar las manos. A veces basta con mirarse a los ojos. A veces basta una canción en un bar cualquiera. Y a veces es suficiente una frase o una sucesión de ellas. Estas, por ejemplo: «Dónde estás si no estás al otro lado de cada frase que escribo, si digo ven o martes o del árbol las hojas cayeron como aves huyendo del otoño, si entorno los labios o escucho las horas, si pido silencio, dónde estás. De cada esquina y cada pliegue de la cama, del último olvido que será el primero a tu regreso, de las veces que me pregunto dónde estás en huelga de borrón y cuenta nueva.» O esta: «Las paradojas temporales: yo necesitando diez vidas para poder olvidar lo que tú en diez minutos y taxi a la estación.» Te suena, ¿verdad?

Los que sufren se reconocen entre ellos. Aunque se sonrían. Aunque aplaudan y griten en mitad de un concierto, aunque bailen como posesos en medio de la pista, con la gente mirando, sin entender. Los que sufren y lloran cuando nadie les ve se reconocen. Se ven. Son uno. Hay poemas que uno nunca entenderá porque «no ha estado ahí»; pero siempre habrá quien, sin entender del todo los guiños y los juegos, reconoce el guiño y el juego, sabe que ahí, en esa frase, justo ahí, donde señala mi dedo, hay un recuerdo que lucha por liberarse de la camisa de fuerza. Porque los recuerdos son locura. Porque hay libros que nacen de la locura, de una locura que lleva nombre de mujer, por ejemplo, o el recuerdo de un perfume en una habitación aséptica donde no debería oler a nada. Pero huele. Pero se pronuncia el nombre. Y araña. Y entre toda la jungla de historias incabadas, historias explotadas, historias amadas y odiadas, entre tantas frases con y sin sentido, entre tanta cháchara y cotilleo, de repente encontramos la confesión y creemos que nos han traicionado. Quién te ha contado mis sentimientos y qué estás haciendo con ellos. En los relatos de Julio Oliva hay muchos nombres, hay muchas historias. Mucha memoria. Mucho recuerdo. Hay muchas, muchísimas heridas. Las de todos esos sufridores que se buscan sin querer, que se buscan pretendiendo no querer encontrarse, que se buscan y… Y leen: «mientras el pelo se me adhiere a la nuca como queriendo lobotomizar aquella parte del cerebro en la que todavía hay un todavía.»

Hay libros, además, que nos ayudan a lamernos las heridas; tras su lectura, hay puertas que se cierran, ventanas que se abren, piezas que acaban por encontrar su lugar, y personas cuyos recuerdos dejan de vagabundear. Quizás no nos ayudan a encontrar nuestro sitio pero, sin duda, nos devuelven la libertad. La historia de Siete años, un martes y un septiembre es una historia de desamor, de la valentía de seguir adelante cuando lo único que da sentido a nuestra vida es mirar hacia atrás. Algo así decía Kierkegaard, ¿no? Y alguien también decía que pase lo que pase hoy, mañana volverá a salir el sol. Los relatos de Julio Oliva son rayos de luz. Al fin y al cabo, la experiencia, de donde nace esta literatura, nunca se queda sola. Necesita de gente que le reste todo el dolor que el paso de los días va añadiendo a los recuerdos. El tiempo pone las cosas en su sitio, lo que necesitas es tiempo. Jeanette Winterson dijo que eran los clichés los que causaban los problemas. Julio Oliva lo sabe y no nos miente. No se miente, que es la gran primera prueba de honestidad. Sus relatos vencen las dudas y los miedos. Vencen al tiempo. Quizás, cuando acabes de leerlo, sientas que has ganado una pequeña batalla. Aunque sólo sea la que marcaba el calendario.

Y para qué mañana. Como si no fuera posible tocar tu mano sin pensar que después. Como si no bastara. Como si tu mano fuera solo un anticipo. Una sonrisa, un beso, ¿y después? Esa absurda necesidad del futuro perfecto. Y después tus ojos, y detrás una hoja, una rama, el bosque.

Si quieres hacerte con un ejemplar de Siete años, un martes y un septiembre, pincha AQUÍ.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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