Lletreferit — 08 Enero 2014
“La tercera persona”, de Álvaro de la Rica (Alfabia)

«Sí hay una cosa, siempre. ¿Sabes qué? Hay una tercera persona.»

Así reza la contraportada de “La tercera persona”, de Álvaro de la Rica. Quizás para quien se pasee por las estanterías de una librería y lea la contra de esta cortísima novela no signifique nada. Puede que la deje de nuevo en la estantería o puede que la curiosidad le lleve a abrir páginas al azar. Si lo hace, si deja que las yemas de sus dedos rocen la rugosidad de las hojas, se encontrarán con una prosa poética que se desliza por pendientes cada vez más peligrosas. Ahondar en los sentimientos y posar desnudo, expuesto ante el lector, es un territorio abismal de principio a fin. Decía que si el posible comprador se sentaba en un banco o silla de la librería y se dejaba llevar por la prosa, encontraría una historia que, mal que nos pese, a todos nos va a resultar familiar. «En toda relación», sigue la contra, «hay que buscar siempre a la tercera persona. Es el único camino, la verdadera vida.» El lector, llegado a este punto, puede sentirse insultado. Quizás él, o ella, se sienta inclinado a pensar que lo que tiene delante es una historia de cobardía, de deseos frustrados por no encontrar la forma de ahuyentar el miedo y vivir la vida que los protagonistas quieren vivir. La verdadera vida, esta sí, y no la que proyecta la contra. Y tendrían razón, porque el mundo es de los valientes, y esta historia no es de personas valientes que eligen la calidez y calma del hogar porque sea lo justo y lo honesto. Precisamente porque la eligen es un acto tremendo de cobardía. Pero quizás el primer deseo del escritor está cumplido: generar angustia, rabia, ira; dejarnos en uno de los lados de la historia, aunque sea ésta una historia unidireccional. Pero ya ha hecho daño, ya nos ha removido. ¿Que viene a hablarnos de gente cobarde? Bien, leamos, escuchemos sus argumentos e intentemos no juzgarlos. Regla número uno para leer esta novela: no proyectar nuestra vida, recuerdos y sentimientos sobre ella porque estaremos perdidos. Yo, lector, fallé sólo con la lectura de la contra. Por eso te aviso.

Si el lector no se ha sentido insultado y no se ha levantado y no ha dejado el libro en cualquier sitio de la librería, si, por un casual, sigue dejándose mecer por la lenta sinfonía que las palabras de Álvaro de la Rica provocan, se encontrará con que las historias están contadas desde perspectivas distintas. El escritor, por tanto, da voz a los dos protagonistas para que nos cuenten, como quieran, lo que han vivido y para que, sobre todo, justifiquen sus elecciones. Cada uno, como dice el refrán, cuenta la fiesta segun le haya ido en ella, y tanto ella como él ocultan, y esta es la sensación, los sentimientos verdaderos. Subyace un dolor enmascarado de determinación, subyace un tremendo esfuerzo por demostrar que lo que se está diciendo tiene una razón de ser. Pero, permitidme que diga una cosa, aunque vuelva a lo mismo: la cobardía no tiene razón de ser, ni admite explicaciones o justificaciones. Es una tara del ser humano, y estos personajes no escapan a ella. «Entre mi mujer y yo has estado tú presente, y eso me ha servido para darme cuenta de lo mucho que la quiero a ella.» Eso es una flagrante mentira. En una famosa serie americana, uno de los protagonistas, mientras interroga a una mujer que ha tenido una relación fuera del matrimonio, le pregunta por qué terminó su aventura. La mujer le dice que porque se había dado cuenta de que amaba a su marido. Es entonces cuando el protagonista se ríe y le dice: «las relaciones no terminan porque estés enamorado, terminan por miedo: miedo de ir más allá, miedo a que te descubran, miedo a que te destrocen la vida.» Esa es la verdad. Una oveja no se escapa del rebaño si no busca libertad: no saltas vallas, no corres peligros, no faltas a tus principios si los sentimientos no son como escalar un ochomil. Y no seguir los instintos, no continuar adelante, no atreverse, en definitiva, tiene que ver precisamente con eso: no poder lidiar lo que el cuerpo escupe. «Hay una tercera persona que orienta las relaciones en la buena dirección.» ¿Seguro?

No te puedes imaginar cuánto deseé que alguien se acercara hasta mí y metiera sus dedos en mis llagas y su mano en mi pecho herido. Para curarme. Hubiese deseado volver hasta el hotel y pedirte a ti que lo hicieras. Necesitaba que alguien me confirmara que estaba herida y que me asegurara al tiempo que no se trataba de una herida mortal.

Si el lector, allí sentado, enfrascado en las páginas de la novela de Álvaro de la Rica, aún siente curiosidad y no odio (porque es fácil sentir odio, es fácil reclinar toda tu vida en sus palabras), entenderá que lo que está leyendo es sólo la punta del iceberg. Todas las historias lo son, en realidad. Todas las novelas (todas las buenas novelas, al menos) muestran sólo una parte de lo que es. En “La tercera persona” no hay giros inesperados, no hay arrepentimientos por las decisiones tomadas, no ha pasado el tiempo suficiente para que los protagonistas se tiren de los pelos por lo que han hecho, ni hay aún lugar a finales felices. Ni lo habrá, ni es necesario. Un final feliz, como decían, es una historia acabada, y hay historias que es mejor que no terminen nunca. Puede que “La tercera persona” sea una de ellas. Y esta es la segunda regla para leer la novela: no esperar que la vida se ponga de parte de los protagonistas. Somos dueños de nuestro propio destino y ellos, los personajes, al menos en esta ocasión, no necesitan aliados. Eso es lo que nos cuenta de la Rica: nuestras decisiones hablan por nosotros, sí, pero sobre todo nuestros miedos. Y sólo quien se deja sentir de verdad, sólo quien se abre en canal y deja que el deseo, o la tentación, o el amor más puro que han sentido nunca los invada hasta las entrañas más recónditas, son capaces, por puro instinto de salvación, de encerrarse en sí mismos, negar la mayor y continuar con sus vidas como si nada. Regla número tres para leer la novela: entender que no a todo el mundo le gusta estar desnudo frente a otra persona. En esta ocasión, lector, nosotros somos “La tercera persona”. Y la tercera persona molesta.

Ahora que lo pienso, al escribirte esto último, me gustaría preguntarte algo que me ha rondado siempre por la cabeza, una duda que quisiera despejar de un modo definitivo: si es así, si tienes tanto de lo que preocuparte, si no ibas a poder tenderme del todo la mano, abrazarme en lo más íntimo, ¿por qué has estado siempre ahí?, ¿por qué nunca me has dicho basta?, ¿por qué has mantenido conmigo conversaciones de horas, interminables mensajes cruzados, una presencia constante a mi lado?, ¿por qué no me has rechazado si tampoco has querido amarme hasta el final?

Es entonces, cuando el lector sentado en la librería, que está a punto de cerrar, entiende lo que cuenta el libro y, habiendo buscado su propia vida en sus páginas, cierra el libro, se levanta, y va a pagar. Se lo lleva. Bien hecho, amigo lector. Porque la tercera persona también puede cambiar las cosas. Y esa es la última regla: no darse nunca por vencido, ni como amante ni mucho menos como lector.

No tiene nada de extraño: hay quienes viven la vida entera bajo una sombra.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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