“Sueño de la libélula”, de Natsume Soseki (Satori)

“Sueño de la libélula”, de Natsume Soseki (Satori)

«Y desde mi almohada / se ven marchar las estrellas. / Va abriendo el alba.» Todo espectáculo llega a su fin, pienso. En cambio, la literatura y producción de Soseki parece no encontrar un cul de sac. Eso, al menos, es un alivio.

Hace unos días terminé de leer “Sarinagara”, un emocionante libro escrito por Philippe Forest y publicado en Sajalín. Una de las partes de la novela está dedicada a Soseki; en ella, además de su vida y obra, se explica la importancia que este autor tuvo en la vida de Forest cuando éste atravesaba uno de los peores momentos de su vida: la muerte de su hija. A través de Soseki se explican sentimientos y desasosiegos. Pienso entonces que Soseki es un puente que une lo que en un principio es una distancia insalvable: vida y muerte, dolor y felicidad, comprensión e intolerancia. Soseki vivió dos años en Londres, ciudad en la que nunca llegó a enraizarse. Era un outsider y la mayor parte del tiempo estaba leyendo, investigando, formándose como profesor y como ser humano. Esa vena ácida de sus lecturas inglesas quedó, sin duda, impregnada en sus novelas. En los haikus, sin embargo, hay una pulsión completamente distinta; lo que palpita es pura leyenda, puro sentimiento, puro dejarse ir y, sobre todo, dejarse ser.

Pienso, entonces, que los haikus reflejan lo que las novelas no pueden reflejar. ¿Qué es, pues? Es incierto, pero sería algo semejante a lo que escribió Akutagawa: «un batir de alas». Ese «tener un pájaro en alguna parte» bien podría ser la definición de lo que son los haikus de Natsume Soseki: «Montes en primavera; / por mi nombre me llaman / no sé de dónde.» Es, seguro, una búsqueda de lo que aún no ha sido nombrado. Mientras que en el Soseki narrador hay una verdad encubierta, una realidad que expulsa pus a través de sus personajes, que son él mismo (Las hierbas del camino es un claro ejemplo de ello), en sus haikus no hay dobles filos, no hay cristales que actúan de muros e impiden el entendimiento, no hay un puente destruido por la diferencia de culturas ni por la expulsión del paraíso. Más bien hay una serie de hilos que nos dominan, que nos hacen recordar, que se anclan a agujeros ya existentes en nuestros cuerpos. Entre los haikus de Soseki he sentido a Akutagawa y sus pájaros, a Carlos Castán y su melancolía (el «Boga un pez blanco; /mira a sus lindas crías / que van rozándole» de Soseki al «Al andar, hacían para que los dorsos de sus brazos se rozasen todo el tiempo, como por descuido» de Castán); he sentido la ternura e inocencia que no irradian sus narraciones «Nada el patito, / y un loto seco lleva / como sombrero»; he sentido que todo lo que cae puede volver a remontar el vuelo «Cayeron hojas, / y el viento las encumbra / sobre las torres.» También he sentido a Mathias Enard y su «El otoño me hiela. El río está muy cerca, detrás de las vías, se siente su aliento helado» en el «Trepa que trepa, / el hielo gana altura / por la gran roca» de Soseki.

También he sentido las preguntas por el fluir del agua y la trampa que supone la primavera para el río, que se estanca: «Siempre bullendo, / fluyendo siempre: el agua / en primavera», las respuestas a la pregunta de Soseki de si este otoño estamos por cantar o por no cantar (decidme, ahora, qué contestaríais vosotros; yo digo que no, que ni para cantar ni para bailar, pero eso es otra historia), y recuerdo que la duda, como dice Castán, ya es amar. También me han acompañado conmigo ellas, las dudas: «Bajo la joven fronda / fluye escondido el río: / su agua resuena»; ¿somos los seres de ciudad capaces de entender la naturaleza en su totalidad? ¿Somos capaces de sentir su vitalidad? ¿Dónde quedaron los ríos? Soseki me ha recordado que nos gusta ejercer de dioses, algo que él sabe bien puesto que es escritor… «Mosca de otoño: / la atrapé; para, luego / dejarla libre». La tentación de robar y regalar la libertad como si ésta fuera un juguete. ¿Jugamos con la tuya, Soseki? Pero para Natsume la vida prevalece, y esa es la lección más extendida en sus haikus. La vida ha de prevalecer, la vida ha de resultar ganadora en esta batalla en la que siempre, como ocurría en Matsuo Basho, los cuclillos son testigos. Pero los cuclillos no esperan la derrota, no esperan la trinchera; esperan el disparo final lanzado al cielo y el fin del desembocar del río.  El agua, para los patos con sombrero. Sólo ellos están preparados. Ah, y las carpas, que remontan los ríos por nosotros. Pero eso, también, es otra historia.

¿Conocéis las cien famosas vistas de Edo? Soseki es una de ellas. «Hilos de lluvia», ese podría ser su apodo. Hilos que caen suavemente, casi imperceptibles, pero que pesan y enfrían. Luego llegará la calidez, otra famosa vista del antiguo Tokio, y el sol. Primero la tormenta, ligera esta vez. «sombras de pajarillos / corren sin tregua»: Soseki nos ha escrito a nosotros. Esa es nuestra vista, ese nuestro destino.


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Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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