“Salitre”, de Salvador J. Tamayo (Alumbre)

“Salitre”, de Salvador J. Tamayo (Alumbre)

«Mi cuerpo, su altar de sacrificios.»

No es que no confiase en el talento de Salva. No es que no supiera lo bien que escribía. Editar y publicar sus artículos durante más de dos años me había hecho darme cuenta de que ahí, en esas letras elegidas, en esas palabras, había un talento que latía. “Salitre” es la confirmación. Es dificilísimo escribir un buen relato. Pilar Adón lo hace (léanse, si aún no lo han hecho, “El mes más cruel“), Cortázar lo hacía, Kafka, Chejov. No pienso comparar a ninguno de ellos con Salvador J. Tamayo porque le haría flaco favor. No porque no posea el talento, que lo tiene, sino porque las comparaciones son odiosas y ridículas. Salva tiene voz propia, que es más de lo que tienen muchos autores jóvenes actuales, esos a los que se venera porque ligan juventud con estar publicados. Sabemos que, a día de hoy, eso no es síntoma de nada. Salva es joven pero eso no lo hace mejor ni peor. Y es que, «La juventud es una enfermedad que se cura poco a poco.» Los relatos que ha escrito en “Salitre” demuestran que la juventud, en este caso, es un accidente. Detrás de esos relatos hay un hombre con una sensibilidad, con una capacidad de desgranar escenas cotidianas y de sembrar, en cada trocito, el germen del abismo. La buena literatura tiene abismos por todos lados, visibles o no, pero abismos al fin y al cabo. Cuando comencé a leer “Salitre” escribí en mi libreta:

«Acabo de leer Óxido, el primer relato. Lo he acabado y pienso en la reseña. Eso es una buena señal, me digo. Tras un relato deseo escribir sobre él. Es difícil expresar lo que el relato me ha transmitido. Lo más fácil sería remitir a los lectores a él, que se dejasen hacer por el relato mismo. Es la mejor defensa, mucho mejor que mis palabras. Podría reducirlo todo a cómo se expresa, a cómo expulsa los sentimientos y las hazañas, a cómo estructura el relato o a la sorpresa final. A los silencios. Ahonda en el sentimiento, en las sensaciones, sin rozarlo apenas pero ahogándose en él. Qué difícil es conseguir eso, pienso, sumergirse en el más primitivo de los sentimientos, que es el odio, la sed de venganza, y que apenas haya sangre en el papel. Pero cumple la misión con éxito.»

Tras varios relatos, cuya lectura fui moderando para que no se me acabase el libro, supe qué era aquello que tanto me sorprendía: la sensibilidad. ¿Acaso no le atribuía a Salva esa extrema sensibilidad sobre el papel? ¿Acaso le creía incapaz de hilar, con mucha pericia, una frase aparentemente sencilla con un gran batacazo final? Porque eso es exactamente lo que hace: donde crees que no hay nada hay, de repente, un disparo que consigue, como él mismo dice, «que me asome a las grietas».

Lo peor de la belleza, lo realmente terrible, es que no hace al resto horrendos, sino completamente invisibles. Nunca te pediría que te casaras conmigo, eso era algo que sabíamos, pero el suicidio era otra cosa.

Lo más honesto que puedo decir de “Salitre” es que, como la sal del mar, se adhiere a nuestro cuerpo porque consigue tocar nuestras venas, nuestros puntos débiles, y los hace sonar como si fueran melodías de un paso que aún no se ha desligado de nosotros. La amargura, el dolor, la ausencia, aguardan en los relatos. Hay madurez, y hay un poso importante de conocimiento. Mientras otros escritores, jóvenes y no tan jóvenes, demuestran que tras sus escritos no hay más que un paisaje plano que siempre permanecerá así, en Tamayo se distinguen distintos niveles, profundos niveles de sensaciones, sentimientos y vivencias; niveles donde podrá profundizar porque está capacitado para ello, porque sabe sentir lo peor que hay en la vida, porque sabe que los pies habitan agujeros en vez de baldosas. Viva la toxicidad de escritores como Salva, viva la incomodidad de leer sobre heridas que se parecen demasiado a las nuestras.

Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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