“Por sendas de montaña”, de Matsuo Basho (Satori)

“Por sendas de montaña”, de Matsuo Basho (Satori)

“Por sendas de montaña”, tan delicado y sublime. Haikus que se te clavan directamente si les dejas herirte. No sabía de qué trataban los haikus, no sabía que con tres versos las imágenes pudiesen ser tan potentes, tan enérgicas y tiernas al mismo tiempo. «Nubes y niebla / cambian pronto el paisaje / en cien matices.» Lo leo y pienso en Frankenstein, y que éste bien podría haber sido un personaje japonés. Recuerdo a Akutagawa, sus cien matices y sus cien tristezas. ¿No son las nubes y la niebla síntomas de poca grandeza? Basho entiende que el ser humano y el espíritu van unidos, que son parte de un todo que nos da un lugar en el mundo, que nos permite caminar por las sendas del bosque sin mostrar miedo ni debilidad. Basho recurre a la naturaleza, a ella se confía y en ella se resguarda. Busca en el rocío la limpieza del alma, la limpieza del mundo, pero el rocío, lo sabemos, no limpia nada, sólo engrandece la belleza y el frío. El rocío sólo puede limpiarnos a nosotros. ¿Para esto sirven los haikus?, me pregunto. «Rotundo y cruel / en mi sombrero de hojas / suena el granizo.» Potente, sugerente, tajante. El peso del mundo contenido en un sombrero lleno de granizo. ¿Notáis el frío?

Imaginaos lo siguiente: un estanque y las aletas de cientos de peces de colores asomando para darnos los buenos días. Así los días se comienzan de otra forma, ¿verdad? Basho nos describe su camino, la belleza tal y como él la percibe; nos describe un roble que no se turba ante las flores a sus pies (porque un gigante es bello por su enormidad, nos lo dijo el Quijote hace muchos años); nos describe cómo un ruiseñor es capaz de contemplar las flores (bello el ruiseñor y bella la imagen: ¿es la naturaleza esquiva a los animales? Recuerdo el cuento del toro Ferdinand, que prefería contemplar el campo y sus excelencias a pelearse con otros toros…); nos describe los jardínes desolados en los que ya no se celebran fiestas y en los que crece la maleza, que son como los sueños no cumplidos, los besos no dados, las risas no reídas (¿Dónde quedaron las fiestas en el jardín de Mansfield, las flores imborrabes, los futuros imborrables? ¿Para cuándo las fiestas, Basho?); nos describe el vuelo de las mariposas, y no puedo evitar pensar en Jesús Aguado y su verso «como una mariposa en el cuerno de un toro» (ternura contenida, como un estornudo o explosión), la fragilidad y fortaleza de la mariposa siempre creando belleza y magnetismo; y su inocencia, que no deja de sorprendernos, a nosotros, los seres humanos corruptos; nos habla del aleteo de los pájaros que dan paso a la tormenta (decidme que el potencial de esta escena no es pura belleza indomable); también tiene sitio para hablar del viento «Viento menguante: / se esconde en los bambúes / para calmarse», soberbia, soberbia imagen; también nos habla de la lluvia, dle otoño, del agua, del frío: la magnitud de la soledad acogida en un verso. Y los cucos como banda sonora.

Descubro que el haiku no es un acto intelectual (como tampoco lo es la poesía). Es el acto en el que reflejarse en el espejo. Los haikus tratan de desprenderse del exceso de sangre. Sangre=exceso de sensibilidad. «El haiku eterniza los momentos», dice el traductor. Sí, respondo, y menos mal. «Rompiendo a hablar, / me siento el labio frío.» He pensado en cuando rompemos a hablar tras la llorera, tras el frío que se esconde cuando nos dejamos ir el alma. No he pensado en el otoño al que hace referencia Basho sino al invierno continuo de nuestras lágrimas. También los haikus son eso: escritores frustrados (nosotros, los incautos lectores). El poder creador del haiku.

Leo el haiku 44 «Cuando la aurora / aún luce tintes malvas, / canta el cuclillo» y pienso en aquella vieja afirmación de que «la hora más oscura siempre es la anterior al amanecer.» Y pienso: los japoneses siempre tan maestros. Los haikus también nos revelan una realidad a la que no deseamos hacer caso porque no se ajusta a nuestras necesidades, a nuestras decisiones: lo que buscamos nunca está, o eso parece, donde creemos que lo hallaremos. El traductor hace una referencia a Quevedo que viene a resumirlo todo: «Buscas en Roma a Roma, oh peregrino; y a Roma misma en Roma no la hallas.» ¿Dónde entonces, Basho? ¿Y qué hacemos con la tristeza y con la soledad? «En mi tristeza / ¡canta, y haz que me sienta / solo, cuclillo!» Los cucos, cuclillos, ¡hacednos compañía!

«Cantaba el cuco; / su voz aún recostándose / a ras del agua.» Una voz que se tumba y posa sobre el agua. ¿Lo veis, veis el potencial, la dulzura, la brutalidad de semejante imagen? Y más adelante descubro que Basho volvió a nacer en el cuerpo de Machado: «Es mi vida viajera / arar, yendo y viniendo, / una parcela»; lo recuerdo: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Exacto.

Matsuo Basho es un poderoso mago en “Por sendas de montaña”. Lanza un grito que va directamente a una sombra, que son nuestros pensamientos, y toda la naturaleza emerge en nuestro cuerpo. Pero, ojo, sólo lo hará en aquellos que estén dispuestos a mirar y dispuestos a sentir. Para todos los demás estos haikus no serán más que unas tristes pinceladas de un hombre que alucinaba mientras caminaba por las montañas. La belleza, les diría, está en los lugares más visibles, allí donde los demás miran pero no ven. Y Basho veía, vaya si veía. «Brilla un relámpago; / y entra en la sombra el grito / de la garza nocturna.»


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Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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