“Hacer el amor”, de Jean-Philippe Toussaint (Editorial Siberia)

“Hacer el amor”, de Jean-Philippe Toussaint (Editorial Siberia)

Cuando se desintegra el amor se desintegra la persona. Pedazos y pedazos de carne humana que no encuentra sus vasos, sus hilos, sus huesos. Desorden. Incapacidad. A partir de ese momento de explosión, de adiós a lo que fui (a tu lado), viene la difícil tarea de recomponerse. Nunca se vuelve a ser el mismo. Nunca vuelve a tenerse el mismo cuerpo. Volverá el amor (o no), volverá la piel a ser acariciada, y el puzle volverá a tener forma, pero será para siempre algo estrellado, más imperfecto que nunca, aunque vuelva a hacerse el amor con y como el mayor de los amores nunca vividos. Nunca volveremos a ser quienes éramos frente a esa persona. Quizás acabemos odiándola o amándola, quién sabe, más que nunca. Quizás los recuerdos sean mejores de lo que lo fue el amor en sí. O quizás el dolor del después (el de los no-amados, los inqueridos) borre cualquier rastro de sonrisa, de piel de gallina de un beso. Sea como sea, termine bien o mal, cuando un amor desaparece muere mucho más que un par de caricias en la oscuridad de un cine: muere un parte de nosotros mismos que jamás, jamás, volveremos a recuperar. Existimos tal cual somos mientras dura el amor. Mañana seremos otros. Tras el amor seremos otros. Tras el primer beso seremos otros. El ciclo de la vida. La angustia del destino. El circo del sentimiento.

Del amor se han escrito infinidad de líneas. Sobre, con, por, para, entre. Las preposiciones invitan al amor. También el tiempo. La vida. Sólo quien lo ha experimentado con los cinco sentidos es capaz de escribir sobre él. Sólo quien ha sentido la rabia, el dolor, la ira, el abismo puede escribir sobre el fin del amor. La historia más difícil de todas, en realidad. Otra forma de muerte, otra forma de morir. Y no el desamor, no: la eternidad de lo infinito, que supone el fin de algo maravilloso. El fin de algo que quizás nunca quisimos que acabase. La incertidumbre del después, del qué seremos, de en qué nos convertiremos. Toda una suerte de costumbres y raíces que nunca creímos deberíamos cortar. Pero la hacha espera en la puerta, apoyada sobre una pared de la que debemos descolgar fotografías en un color deslucido y triste, que de tan expuestas han perdido la razón. El desequilibrio del adiós.

¿A quién no le gusta prolongar ese momento delicioso que precede al primer beso, cuando dos personas que sienten cierta inclinación amorosa la una hacia la otra ya han decidido tácitamente que van a besarse (sus ojos ya lo saben, sus sonrisas lo intuyen, sus labios y sus manos lo presienten), pero difieren aún el momento de rozar con ternura sus bocas por primera vez?

“Hacer el amor” es el abismo, es una piscina inmensa que se rellena y se vacía en cuestión de minutos; es una novela que nos coloca en el centro de la misma, con ocho o diez tuberías apuntándonos a la cara, al cuerpo, a las manos y a los pies, a algo que somos más allá de nosotros mismos y que no podemos ver, y que nos lanza chorros congelados de agua y nos embarulla en una amalgama de sentimientos, muerte y pena que no podremos colocar hasta no estar flotando en una superficie que, nos tememos, se antoja frágil y mentirosa. El abismo de la promesa. La pobreza del FIN que se disfraza con luces de neón en el techo de la piscina. Y nos desinflamos, nos dejamos llevar por la tristeza, buscamos el ahogarnos voluntariamente y ser nosotros –y no unas fuerzas que no entendemos– quienes apaguemos las luces fosforescentes que nos dejan ciegos. Recordaremos en ese momento –así como durante la lectura del libro de Toussaint– todas esas viejas y usadas frases sobre el amor. Recordaremos, quizás, a Benedetti, a Ángel González, a Pedro Salinas; por nuestra mente se paseará Shakespeare y su Verona, Rilke, Austen; Jaime Sabines, Navokob, Vilariño. Recordaremos nuestros antojos con esa persona, recordaremos las sentencias de los que, antes que nosotros, nos advirtieron de las consecuencias. Pero hay que dejarse ir, era la frase que los unía a todos ellos, porque hay que vivir, y nada hay más grandioso. Alguien decía, algún poeta francés seguramente, que el amor es una rosa que nace al borde del precipicio. No lo sé. Lo que sí sé es que tras el amor, tras el último orgasmo en la oscuridad de una habitación de hotel, uno nunca vuelve a ser el que siempre quiso ser. Lo que a partir de entonces nazca, renazca o sea, no será más que una mala imitación de nosotros mismos. Porque hay amores que mueren en vida, y hay amores que se lleva la vida. “Hacer el amor” es de los últimos.

Y yo no respondí, no sabía qué contestar; me acordaba muy bien de la respuesta que le había dado antes, pero no podía decirle en aquellos momentos que no quería ni besarla ni no besarla, después de los instantes tan dramáticos que acabábamos de vivir; ella se habría revuelto, me habría golpeado, me habría arañado la cara. Era el calor de mi cuerpo lo que buscaba, sumida aún en la angustia que la había arrojado a mis brazos. Era mi calor, y no la sutileza de mi dialéctica lo que ella necesitaba, a ella le daban exactamente igual mis palabras y mis reflexiones, lo que ella quería era un arrebato del corazón, el impulso de mis manos y de mi lengua, de mis brazos alrededor de sus hombros, mi cuerpo contra su cuerpo. ¿Es que yo no había comprendido eso? Y sin embargo, sólo Dios sabe cuántas ganas tenía de besarla en aquellos momentos –y mucho más en ese instante, en que nos separábamos para siempre, que la primera vez que la besé–.

La historia que Toussaint nos regala es una larga carta de amor. Es también una carta de despedida. Una especie de homenaje. Porque hay historias que merecen ser contadas; porque hay historias, mejor dicho, que deben ser narradas. Esta es una de ellas. Es el vómito de las caricias, de la saliva, de la complicidad.Es el desgarro del amor, la desintegración, la constatación brutal de aquello que dicen que el amor “es eterno mientras dura”. Y es que hay eternidades que nunca deberían terminarse. Este libro es una de ellas.

¿Qué iba a hacer en Tokio los próximos días? Nada. Romper. Pero romper, empezaba a darme cuenta, era un estado antes que una acción, un duelo antes que una agonía.


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Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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