Poesía — 04 Marzo 2013
“Crujido”, de Princesa Inca (Libros del Silencio)

«No era mentira, no, / la vida no era mentira.

Trozos heridos somos, / trozos que se mutilan.»

Febrilidad. Locura. Transición. Supervivencia. Sangre. Entrañas.

Que la literatura, y en especial la poesía, duela, arañe, desgarre. Que quien escribe se deje las vísceras sobre el papel y quede relegado a un puñado de despojos humanos malolientes. Que quien posea el don de la palabra, el don de transformar lo bello en grotesco y viceversa, sea capaz de desnudarse en cuerpo y alma, sea capaz de abrirse en canal y gritar, sin miedo, esto es lo que soy, y no avergonzarse, no correr a esconderse después. No actuar ni pretender, sino simplemente ser, en toda su esencia. Y, que lo que quede del escritor, del poeta, sea algo más que una imagen distorsionada de la realidad. Que así como la Duras era algo más que una borracha, así como Plath era algo más que una madre que metió la cabeza en el horno, así como Sexton es algo más que una simple trastornada, Princesa Inca sea algo más que una poeta a la que, simplemente, se le dan bien los poemas. Porque, en realidad, es muchísimo más que todo eso: es una mujer lo suficientemente cuerda como para parecer loca. Y hablo, en todo momento, desde el punto de vista literario.

«Tengo tantas ganas de morir que viviré» es una de esas sentencias que no sabes si meterte al bolsillo o a la boca; masticarla, tragarla, devorarla, y considerarla el leitmotiv que guíe tu vida desde ese momento en adelante. Princesa Inca crea imágenes y escenarios, paisajes, tremendamente brutales, tremendamente invasores, tremendamente bellos (y, como todo lo bello, dolorosos). Es esa capacidad la que la acerca a poetas como Alejandra Pizarnik o Anne Sexton, ambas tan demoledoras como certeras; ellas eran capaces, sin apenas haber gastado la punta del lápiz, de crear un torrente de sentimientos que te agarraban por el cuello y te dejaban extasiada. Los poemas en los que Sexton se compara con una muñeca (recurrentes en todo su poemario Live or die), por ejemplo, son poemas con un par o tres de palabras en cada verso que, y no exagero, son puros latigazos. No hay paz en esos poemas porque no había paz en Anne Sexton. Esa, considero, es una de las características básicas en todo creador, sea del tipo que sea: no debe haber paz en su vida; la paz relega al artista a una suerte de placidez que nada tiene que ver con el arte, que nace del lodo, del ataud. Anne Sexton lo sabía bien. Lo mismo ocurría con Pizarnik: una frase y había creado un mundo, pero no un mundo cualquiera: un mundo en el que los abismos eran la llave que abría todas las puertas, las buenas y las malas; eran los abismos los que apaciguaban el dolor. En Pizarnik, como en Sexton, como en Princesa Inca, el mundo está puesto del revés. Pero, y aquí está la clave, esa es la única forma posible –poniéndonos del revés– en la que podemos sobrevivir. Ellas lo sabían, y Princesa Inca lo sabe, de antemano, y juegan con ventaja. De ahí nuestra estupefacción al leerlas, de ahí que asintamos en cada verso, de ahí que debamos cerrar el libro de tanto en tanto y tomar aire. La vida, en realidad, se encuentra dispersada en esas páginas, aunque esas páginas nos hablen de sangre, de muerte, de dolor, de desgarro, de desmembramientos. Es precisamente por eso por lo que podemos, después, contemplar la vida desde una perspectiva más segura, más confiada, menos cabrona.

Difumino tus ojos en el silencio:

has besado mi herida con una luz que yo no conozco.

Mis manos ya no son solo el camino rajado de sus venas.

La literatura debe ser transparente, pero no categórica. La literatura, especialmente la poesía, debe marcar un antes y un después, debe rellenar huecos que ni nosotros mismos sabíamos que estaban vacíos. Debe ser una espada en mitad del estómago, una vena que se rompe y para lo que no existe hilo. Los poetas deben transmitir su ser con la sabiduría y la puntería de quien sabe que sólo le queda una bala en la recámara. El poeta debe ser un ruletista, el poeta debe ser verdugo, siempre. ¿Cumple Princesa Inca todas estas premisas? Las cumple. El poeta debe hablar del miedo, de la sinrazón, del estupor y los temblores, de la amenaza, de la guerra que hay dentro de uno mismo, siempre, aunque pretendamos lo contrario; debe hablar del amor, de la herida, de la sal en la herida; debe hablar de la condena, del cuchillo sobre la piel, de la locura; debe hablar de la muerte, de la necesidad, de la supervivencia; debe hablar de uno mismo mientras habla de los demás, debe darnos las claves para combatir la deshumanización y el terror; debe dejarnos un poso de esperanza, un resquicio de inocencia, un mapa que seguir en la vida. Princesa Inca lo hace. ¿Qué diferencia “La mujer-precipicio” de “Crujido”? Precisamente eso: hay una esperanza que late al fondo del túnel; una esperanza que se arremolina en nuestros cuellos, que recurre a la carótida y a la ternura, y nos asiente con la cabeza mientras contenemos la respiración, asustados. Al fondo, y no tan al fondo como parecía, hay un hogar, un hogar moldeado para cada uno de nosotros. Princesa Inca duele pero cura. Y “Crujido” no es más que el mapa del tesoro de todo buen buscador de terremotos.

“Crujido” es intimista, es desgarrador: «esta soledad de piel de cuchillo», «quisiera amar con los huesos y la fiebre», «como una libertad sin alas/suenan sus cuerpos desnudos», «y un hambre de piel narra la saliva». Es un poemario febril pero natural, que no distorsiona la realidad sino que la eleva a un estado donde la sangre ya no sabe a hierro sino a algo mucho más adictivo. No hay barreras, el límite es uno mismo. “Crujido” es una sacudida, es un despertar; es una elección maravillosa de palabras que en ella, en Princesa Inca, parece tremendamente natural, como si vomitase las palabras, como si fuesen sus entrañas las que dispusiesen el orden de la batalla. “Crujido” aborda un abismo que a todos nos ha de ser familiar, un abismo que nos explota y nos renace por dentro. Pero, ojo, es también peligroso.  Es un poemario que arrasa. Y, pese a su libertad, pese a su esperanza, pese a la luz que Vilariño, por ejemplo, dibujaba en sus poemas, lo que Princesa Inca escribe en “Crujido” es descorazonador. Pero tan lleno de vida… que creo que es la única forma real de vivir.

Porque sólo se necesita saber llorar o llorar para vivir,

y luego remontar la cuesta desnudos,

y el pozo o la sombra,

y porque el viento juega a favor de los que aman y escuchan.

Anne Sexton dijo, en su poema “La adicta”: «I am on a diet from death». “Crujido” también parece estar a dieta. La muerte es ya un alimento prohibido. Y, en su poema “Vive” Sexton dijo: «La muerte ha estado aquí / durante mucho tiempo». En “Crujido” también. Pero “Crujido” ya no es muerte, es el orígen, son las raíces y las ramas, el tronco y el tempestuoso aire que lo zarandea. Tras la tormenta, la calma. “Crujido” es visceralidad, es hambre y sed, son hilos, son agujas, son camillas llenas de sangre, de palabras. Es el antídoto, en realidad, para cualquier mal que nos aceche. Es un refugio, no una trinchera. Y debemos dar las gracias por ello. Una vez más, son los poetas los que luchan por nosotros y rescatan lo bello entre la masacre. Porque “Crujido” también es una matanza con final feliz. Cruda, contundente, cristalina. Es la sabiduría del cuerdo, no del loco.

«porque te cansaste de caminar hacia ti y no llegar nunca, / porque estás cansado y tienes miedo / y guardas golpes en tu habitación sin ventana.»


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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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