Lletreferit — 07 Febrero 2013
“El niño que robó el caballo de Atila”, Iván Repila (Libros del Silencio)

El escritor que robó la comedia de Repila

Supongo que debería empezar la reseña diciendo que “El niño que robó el caballo de Atila” está escrito desde un lugar distinto que “Una comedia canalla”. Primero porque es verdad y segundo porque le ahorraremos tiempo al que busque a aquel Repila. También para los que quieran probar con este libro, sepan que es otro registro, un giro que se ha marcado una de las apuestas nacionales de Libros del Silencio. Debería empezar así, pero no leí el primero, así que para mí sólo existe el Iván Atila. Entonces, no puedo comparar, ni decir si hay más o menos aciertos, en qué se diferencian ni si queda algo canallesco. Pero no lo necesito, porque la lectura ha sido tan placentera que se sostiene por sí sola. “El niño que robó el caballo de Atila” es una novela conmovedora. Ya sé que estáis muy cansados de leer críticas que se centran única y exclusivamente en el argumento, así que seré breve: dos hermanos, el Grande y el Pequeño, están atrapados en un pozo. Ya está, ya he acabado. Así es, la novela de Iván Repila va de eso: sólo de eso y también de todo eso. Ignoro cuántos espacios necesitó para desarrollar la comedia primera, pero para la segunda novela del autor de Bilbao sólo ha necesitado uno y estrecho y abismal y oscuro y concentrado, asfixiante. Dos hermanos han caído en un pozo y deben sobrevivir como pueden ahí dentro. A un lado, una bolsa con comida que no tocan. ¿Por qué? No es importante. La escritura de Repila está tan cuidada y es tan precisa, que no importa cómo han ido a parar a un pozo, cuáles son sus nombres, por qué no pueden tocar la comida, cuántos días pasan. Nos cuenta de qué se alimentan, cómo duermen, los ruidos, la lluvia; podría no hacerlo porque la novela no lo necesita porque la escritura se sostiene sola. Por eso el argumento es tan sencillo, aunque no las emociones que despierta tal sencillez en los dos personajes. La locura, la agresividad, el hambre, el cansancio, la rutina en unas circunstancias tan devastadoras… todo va minando el interior de estos dos hermanos que parece que de un momento a otro se vayan a devorar, vayan a destruirse uno al otro. El Pequeño, introspectivo; el Grande, pura brutalidad. Como dos ratas de laboratorio, ahí están, bajo un buen foco de luz que los alumbra y los desnuda: quedan al descubierto para que el lector los pueda ver sin pudor. La historia está constantemente pendiendo de un hilo, en un misterio que lo abarca todo; insisto: no es lo importante. Porque Repila, no sé si a diferencia o igual que en su primer libro, es cuidadoso con la prosa, mima los diálogos, deja respirar a sus personajes, es generoso con ellos. Cuida al lector. Posiblemente la brevedad del libro sea un punto a su favor, porque la extrema sencillez de argumento podría convertirse en un desvarío, pero se corta antes de que sea demasiado tarde. Repila resuelve en el momento adecuado la encrucijada. No se detiene en el drama y hasta podemos encontrar destellos de humor. Si me veo obligada a destacar una sola cualidad de esta novela, diré que el escritor. Lo que he descubierto en “El niño que robó el caballo de Atila” no es ni una historia ni una novela imprescindible como hay tantas a todas horas y en cualquier editorial: lo que he descubierto en estas pocas páginas es que Iván Repila es un buen narrador, con algo que decir pero sobre todo con una manera de decir. Repila tiene una voz, un estilo, una manera particular de construir. Ya sé que hemos leído los mismos elogios de cientos de libros, autores jóvenes nacionales. Olvidemos un momento los últimos quince grandes escritores, las últimas veinte promesas, los últimos treinta escritores que se convertirán en clásicos: hacedme caso, Iván Repila no es uno más de tantos. Me he prometido a mí misma no caer en el tópico y decir lo que es ya un lugar común en la crítica: no es una de las mejores novelas del año, no es un autor a tener en cuenta, no es una de las voces más originales, no es una joven promesa de la literatura española. No es nada que se pueda decir de cualquier otro, pero podría serlo si ese papel no estuviera ya tan cogido. Me dejo de rodeos: no os perdáis la historia del pozo, de los hermanos que convivieron en un espacio reducido, con toda la sensibilidad y toda la violencia de dos cuerpos que se quieren y se repelen por igual.


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Yo también construí mi hogar en nido extraño y también obedezco a la persistencia de la vida. Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla. CLARICE LISPECTOR.

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