Lletreferit — 06 Agosto 2012
“Los ensimismados”, de Paul Viejo (Páginas de Espuma)

«De este recuerdo inglés que sabe a río.»

Intento por todos los medios escribir un relato. «La brevedad es el alma del ingenio», decía el gran Shakespeare. Me pica la tinta del brazo. No sé escribir relatos. Leo a Paul Viejo y lo corroboro: no tengo ni remota idea de cómo demonio se escribe un relato. Tampoco sé escribir poesía, pero eso no me importa. La poesía habla de cosas que desgarran. No puedo condensar en un verso todas mis entrañas. Pero en el relato… En el relato puedes lanzar un grito y no tienes que esperar doscientas páginas a que te socorran. El relato es un disparo entre las cejas. El relato es un francotirador que sólo necesita una pastilla que ralentice sus pulsaciones. Mejor: el relato es el momento antes al disparo; es el movimiento del dedo en el gatillo. Algo así es también el primer relato de “Los ensimismados”. Decía: no sé escribir relatos. Digo: Paul Viejo es un demonio, él si lo sabe, es un experto. Un relato habla del «yo» con mentiras. Es un «yo» teatrero. “Los ensimismados” habla de todos nosotros. Usa nuestra voz. Hay alguien que nos sostiene en la palma de su mano y que nos hace cosquillas con la pluma. Maldito seas, Viejo.
Reconozco que mi primera reacción fue: «yo no leo literatura española». Y es que el noventa por ciento de las veces que lo había hecho había resultado una absoluta decepción. Se salvaron Pilar (Adón), se salvó Marta Sanz, se salvó la Gaite, Matute, Laforet. Mujeres, sobre todo. Y he de reconocer que nunca he leído nada semejante a lo que Viejo ha escrito en “Los ensimismados”. Nunca jamás he estado tan cerca de la creación -ni cuando escribo- como leyendo a un autor que conoce, deduzco, los entresijos que consiguen que una buena historia se convierta, en su brevedad, en un relato portentoso. Paul Viejo sabe lo que significa escribir. Sabe que primero hay que desangrarse sobre el papel para poder recoger un litro, al menos, de lo perdido. Sabe que el humo del cigarro que muere en el cenicero es todo lo que va a catar mientras escriba. Sabe que la literatura, casi siempre, es humo que pretende hacer figuras en el aire y que termina evaporándose. Pero los relatos de “Los ensimismados” son el tipo de relatos que traspasa la frontera del humo, el límite de lo que es considerado académico, por decirlo de alguna forma. Paul Viejo sigue una fórmula magistral, desde el primer relato hasta el último. Se adentra, él mismo y sin miedo, dentro de la historia: la manipula, mueve los hilos, y justifica su andadura impúdica desde la literatura. Nunca unas costuras están tan bien cubiertas, ocultas. Nunca un relato ha dado tantas vueltas de tuerca como para dejarnos mareados. Y no usa el nombre de la literatura en vano, no. Sus personajes, en realidad, son meros espectadores. Viejo es el director de escena. Y no sólo, pensarán, porque es el escritor. No. Porque Viejo es también un personaje, un escritor que necesita sentarse en la misma mierda que sus creaciones para poder entender de qué demonios va la vida, de qué demonios, en realidad, trata la literatura.
Dice que “Los ensimismados” es una autobiografía confusa. No me fío del apelativo “autobiografía”. Todos mentimos. Los escritores son unos expertos. Piensa en tu vida, recapacita: ¿hay algún día que no mientas? No hace falta que sea a otra persona. Escúchate: ¿hay algún día que no te mientas? Paul Viejo conoce la respuesta: no. Y añade: «tú eres un descreído, un ensimismado, y por eso mentimos. No te engañes, no vaciles, no pretendas.» Directo, simple. “Los ensimismados” son fragmentos de vida. No hay proceso, no hay evolución, no hay principio ni final, en realidad. Paul Viejo accede a un momento de vida, que puede ser tuyo o puede ser mío, que es suyo siempre, y lo presenta sin cortapisas. Y ese momento elegido, a veces quizás por azar, es el momento único en el que él nos va a mostrar nuestras bajezas a través de las suyas. Somos seres de barro. «Nos estás engañando», podemos pensar, «sólo está hablando de él porque es una autobiografía». ¿No lo veis? Nos estamos engañando de nuevo, mintiendo de nuevo. En eso, en parte, consiste un relato: mostrar la verdad encubierta de basura mentirosa. Los personajes de Viejo son solitarios empedernidos; son de esos personajes a los que les gusta el aliento último antes del desastre. Son adictos a esa última respiración. ¿Antes de qué? Antes del disparo, antes el punto final, antes de contar un cuento. Porque es ese aliento final el que nos hace miserables, héroes o muertos. Porque es ese aliento el que no hace cerrar de golpe este libro de relatos y decir: «Paul, tío, eres un cabrón», mientras en nuestro fuero interno intentamos ahuyentar los aplausos que nuestras manos pretenden dar.
“Los ensimismados” me ha sorprendido muchísimo, y me encanta que eso ocurra. En una época en la que no sabemos muy bien hacia dónde va la literatura, encontrarse con una voz, con una voz que pertenece a un escritor de verdad (y no a uno de esos que se disfrazan como tales y dicen escribir versos repugnantes en servilletas de bares cutres) es un alivio, es paz, aunque el escritor sólo escriba sobre tormentas que han de revolvernos el estómago, que han de ponernos la piel al revés. No sé definir de otra forma los relatos de Viejo. Sólo sé que son literatura, que son lo más cercano a episodios de mi propia vida que he leído jamás. Entiendo que a veces los relatos son como la poesía: fragmentos de vida que entendemos a medias. La otra mitad consiste en entender por qué nos buscamos en ellos, constantemente, incansablemente. Eso también será el misterio en el que anidaremos los ensimismados y, sobre todo, los descreídos.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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