“Un granizado de café con nata”, de Alessandra Lavagnino (errata naturae)

“Un granizado de café con nata”, de Alessandra Lavagnino (errata naturae)

 

Os quiero a todos.

¿Sabéis cómo se lee”Un granizado de café con nata”? Exactamente igual a como se leerían –de poderse leer– los labios de dos enamorados que se besan por primera vez. Así, tan profundo, tan distinguido, tan maravilloso. Alessandra Lavagnino ha compuesto una obra de Bach, o de Beethoven; una potentísima obra maestra que suena como el piano de Chopin. Suave, lenta, asombrosa. Y discreta, pero poderosa. Lavagnino ha resultado ser una nana en medio de una noche luviosa. Cuando la nana empieza sólo importa ella, lo que suena, lo que dice, lo que expresa, lo que pretende; el exterior no es más que un bulto incómodo y frío. Así es “Un granizado de café con nata”: la espuma del chocolate, la nube de golosina; el exterior deja de importar porque sus letras, las de Alessandra –que se convierte en madre, en hermana, en amiga; que te lee el alma, que te da de respirar–, hacen desaparecer lo feo, lo no confortable, lo grotesco, para dejarnos alcoholizados, sin sopor, como en un sueño.

 

La gran verdad de este libro es eso: el libro. Es ella: Alessandra Lavagnino.

Aquella noche había llorado, y desde entonces tenía siempre prisa.

Y aunque no se llora, emociona. Y aunque no se tenga prisa, ni tiempo, ni días, esta novela te detiene en seco, para y lee, para y escucha, tengo mucho que decirte, tengo mucho de lo que hablarte, y no puedo parar de hacerlo, porque me dí un golpe en la cabeza, un traumatismo de esos, y ahora me creen loca, pero en verdad no es más que verborrea, de esa que sólo te permite decir la verdad, como hago ahora contigo, y aunque mi madre me dice que no tengo remedio, y aunque mi padre dice que mejor estaría muerta, yo vivo más intensamente que nunca, por ese hijo mío que danza a mis pies y que a veces no veo, porque a veces es verdad que no lo veo, pero está, y sé que lo amo, aunque Vènera crea que no, que como ella se ocupa de él que no lo amo, pero sí, lo hago, como amo también a Lorenzo, mi marido, aunque él gaste dinero y a veces ni me mire, y aunque mi hermano me diga también que es mejor que mantenga la boca cerrada, que en boca cerrada, queridos, no entran moscas, pero no lo consigo, tengo que decir la verdad, y a veces me veo desde fuera y pienso, qué hija puta, esa, que se chiva a los demás, que no puede callarse sus opiniones, que no sabe aguantarse las ganas, pero no puedo no ser yo, ¿verdad? nadie puede, ¿verdad? parece que nos dice Agata, Agata Aviolo, la excéntrica protagonista. Pero no lo dice, aunque dice muchas cosas más, en una larga, larguísima carta, a su marido Lorenzo, que ya no le habla, que parece que no le quiere, porque es verdad, porque es verdad que Agata, después del accidente, no sabe callarse las mentiras y ser quien no es.

Vinieron hacia mí sin prisa, creando el tiempo de nuevo, y mi soledad se rompió.

 Alessandra Lavagnino es el tiempo. Ella sí sabe cuándo nació, si sabe cuándo nació Agata, Agatina, y cuándo murió su mentira. Quizás con “Un granizado de café con nata” aún no se consiga crear y descrear el tiempo, lo que sí consigue, y con generosidad, es ilustrar nuestro tiempo, en el que la leemos, el que está antes y el que viene después de sus páginas, con ilusión, con decencia, con amor, con talante. No hay cómo sentirse sola con la novela; Lavagnino, al que la lee, la acompañará siempre. Su prosa recuerda a Natalia Ginzburg, otra italiana, otra maestra. Ambas son delicadas, ambas son eternas. Es esta una novela que permanece en el recuerdo eterno, no sólo por la historia, sino por cómo es contada, narrada, vomitada. Parece escrita en una noche de locura después de hacer el amor. Parece a veces una oración pagana; en realidad, no hagáis caso, es un cuadro de Edward Hopper, es la capilla Sixtina de Miguel Ángel, es Rembrandt, es Shakespeare. Y, por suerte, Lavagnino tiene una voz propia tan potente, tan suya, tan real, que los cánticos de los demás, los cánticos de los extraños, de los outsider, de nosotros mismos, no son más que un eco al fondo de alguna cueva cubierta de falsedad.

Basta, Agatina, basta, que en el espejo está el diablo.

10/10

Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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