De Profundis — 25 Julio 2016
El caso Ferrante

Jhumpa Lahiri, en una entrevista a Mavis Gallant en Granta, habla de lo que podríamos llamar el caso Ferrante. Dice: Admiro a Richard Yates, pero cuando leí Vía Revolucionaria pensé: «esto sólo podría haberlo escrito un hombre». Mavis Gallant da con uno de los puntos importantes: los hombres no saben cómo habla una mujer cuando está sola o en compañía de otras mujeres, y las mujeres no saben cómo habla un hombre cuando está solo o en compañía de otros hombres. Éste podría ser uno de los puntos flacos cuando escribes desde el género contrario, pero, entonces, ¿qué pasa con Elena Ferrante? Jhumpa Lahiri y Mavis Gallant siguen: cuando han escrito en primera persona un personaje masculino y se lo han dado a leer hombres, se han dado cuenta de ciertos matices. En el caso de Mavis, un hombre le dijo que nunca había visto llorar a un hombre en público como lo hacía su personaje. En el caso de Jhumpa, su marido le advirtió que un hombre no se fijaría en un zapato con tanto detalle como lo había hecho su personaje masculino. Un personaje femenino, en ambos casos, lo podrían haber hecho —llorar y mirar el zapato— sin levantar sospecha alguna. Si los personajes femeninos los hubieran escrito hombres: ¿las habrían hecho llorar y mirar un zapato con detalle? Y si no lo hubieran hecho: ¿habríamos considerado que el personaje femenino no actuaba como una mujer de verdad, como la mujer que habría descrito una autora mujer? A menudo ocurre que si diferencias entre hombres y mujeres, escritores y escritoras, personajes masculinos y personajes femeninos, hay un mensaje entre líneas que dice: la mujer es inferior. Es un mensaje que viene de lejos y que hemos ido reciclado y matizando y sutilizando hasta hacernos creer que el mensaje ya no existe. Por qué si no nos iba a ofender tanto que nos diferencien. Es posible que el hombre no llore como lo hacía el personaje de Mavis, o que un hombre no se fije en un zapato como lo hizo el de Jhumpa. ¿Qué hay de malo en advertirlo? Un abogado naturalmente escribirá una historia de tribunales con mayor conocimiento, y será muy diferente de la historia de tribunales que escriba un escritor muy bien documentado, pero no abogado. Eso no nos crea ningún conflicto, no nos hace poner a la defensiva: el abogado es más abogado que el escritor que crea un personaje abogado. Es incuestionable. ¿Por qué entonces no van a poder escribir diferente los hombres y las mujeres? ¿Por qué creamos una escala de valores en la diferencia? Todo se sujeta elegantemente en la teoría, incluso en los casos particulares como los de Mavis y Jhumpa, y sin embargo, ahí tenemos el caso Ferrante: las historias, de mujeres, van solas, no las acompaña nadie, y aquí nos tienes: no tenemos ni idea de si es un hombre o una mujer quien se esconde tras Elena. Ahí va, pues, mi atrevimiento: es un hombre y una mujer. Alguien va a tener que contar cómo hablan las mujeres cuando están a solas.

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Yo también construí mi hogar en nido extraño y también obedezco a la persistencia de la vida. Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla. CLARICE LISPECTOR.

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