Lletreferit — 22 Julio 2016
“La tabla”, de Eduardo Laporte (Demipage)

Entre las cosas gratificantes de la vida está ordenar el pasado, echar una mirada hacia atrás y observar el periplo que hemos vivido hasta llegar adonde estamos. No siempre se pueden extraer beneficios de la añoranza, pero en ocasiones se obtienen enseñanzas que redundan en nuestro beneficio.

Con cierto aroma a nostalgia y condimentado en ocasiones con un humor ácido no exento de sarcasmo, Eduardo Laporte se propone acompañarnos en una peripecia ajena que no es otra que la suya y la de todos en algún momento de la vida. Un joven apasionado por las olas se adentra en el mar y la fortuna quiere que el mástil de su tabla se quiebre y lo deje a merced de los elementos y de sus pensamientos. Como en todas las historias de individuos anónimos, rara vez nos encontramos con la épica. La épica, como nos la han enseñado, reside en hazañas y esfuerzos sobrehumanos, en horizontes amurallados y en batallas desequilibradas. Pero existe otra épica, que llamamos pasiva, que emerge de la lucha que se libra entre un destino inevitable y el pundonor por sortearlo, es una épica discreta, sin altavoces, que ofrece el material justo para elaborar una breve narración llena de emociones y enseñanzas.

La novela es un ejercicio de introspección, un análisis de las circunstancias, de los miedos, del destino, de las inseguridades, de Xabi y de Eduardo, ambos tan diferentes aparentemente que no han tenido otra opción que entenderse. Con la agilidad de la escritura, con la transición vivaz de los pensamientos, las evocaciones, las descripciones, con el proceso de deterioro de la salud del náufrago asido a su tabla que desemboca en una secuencia de pensamientos abstractos llenos de simbolismo, con todo ello, el poso de estas apenas cien páginas es tan espeso como la larga noche ciega que acechó al surfista.

A lo largo de las páginas hay espacio para abordar asuntos tan acuciantes y recurrentes como la vida y la muerte. En el caso de un náufrago que se encuentra a la deriva, ignorante de lo que ocurre en tierra, tan solo con una tabla a la que aferrarse y un mar infinito contra el que combatir, pensar en la muerte se antoja reiterativo, pues es la muerte lo que vive. Es por eso que Laporte ha tratado de que el lector viva la muerte desde la figura de un náufrago, que no es lo mismo que hablarnos de la muerte. Nos habla de la desesperación de un chico al que la vida se le escapa paulatinamente, un chico que combate esa desesperación con humor y con angustias, un chico que observa cómo no hay solución y teme una agonía prolongada, un chico que coquetea mentalmente con poner fin a su vida para que no se la arrebaten.

Un lance tan angustioso tiene un principio, pero la línea del final siempre es difusa. Los ecos del trauma, la incomprensión, la dificultad para readaptarse, complican el equilibro. Es imposible, además, no caer en la tentación de leer los acontecimientos como una prolongación del proceso de creación de Laporte, como la metáfora de una crisis, posiblemente vocacional, o como la injusta negación de la merecida recompensa por el esfuerzo. Recompensa que ojalá obtenga, será muy merecida.

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José Braulio Fernández Riesgo

José Braulio Fernández Riesgo Abeces leo | Granitero Oviedo Twitter: @JoseBrauliofr

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