Lletreferit — 21 Julio 2016
“Magistral”, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill)

No es como nada que hayáis leído, aunque se le parezca y sea tentador buscarle semejanzas. Ni siquiera es parecido a su anterior obra, Menos joven, aunque también sea tentador buscarle paralelismos. Nada más lejos. Lo irritante de los parecidos es la falta de originalidad; sin embargo, existen parecidos que conservan una esencia singularizadora, como es el caso que nos ocupa, y se resisten a ser emparentados con sus semejantes. Esa resistencia a formar parte de las categorías, de la eterna simplificación a la que el ser humano lo condena todo, es lo que hace de una obra más que un ejercicio de transmutación.

Las piezas de un idioma son relativamente simples, se trata de un puñado de letras. A partir de ahí comienza la complicación con las infinitas combinaciones que pueden realizarse para formar palabras. Es tan solo el comienzo. Después surgen otras, morfológicas, semánticas, sintácticas, dando lugar a palabras compuestas, locuciones, oraciones, refranes… Las primeras palabras que pronuncia un niño suelen ser sonidos próximos a la onomatopeya, una hazaña que los padres, siempre entusiastas, valoran de una forma desmedida. Aunque se comprende el alborozo: comunicarse será indispensable a lo largo de su vida y esos primeros sonidos eran el principio de esa extensa singladura. Esos sonidos eran el futuro en ciernes.

Sin embargo, no todo es tan sencillo. Los primeros sonidos emitidos por un niño deben ser seguidos progresivamente por el desarrollo de la competencia lingüística, que no es otra cosa que un mecanismo prácticamente automático que proporciona a los niños la habilidad para discernir entre las construcciones correctas y las incorrectas. Incluso, con cierta autonomía, discernir también y emplear las irregularidades del idioma. No pensemos los adultos que todos estos avances en el aprendizaje de los pequeños es fruto de nuestra pericia. No, nuestra capacidad tiene más límites que nuestro entusiasmo.

Más que de un aprendizaje en el sentido estricto, de lo que se trata es de un dispositivo psicológico connatural que se adapta paulatinamente al idioma que envuelve al pequeño. Es por eso que los niños aprenden a dominar un idioma con más facilidad que los adultos: el dispositivo que estos poseen está completamente cerrado, mientras que el de los niños es flexible, las conexiones aún no se han cerrado y pueden adaptarse con menos esfuerzo a las singularidades de distintos idiomas. Es, en síntesis, el proceso generativista de adquisición de la competencia lingüística, más psicológico que metódico.

“Cierra los ojos, pregustador, tápatelos sin confías en la espesura de tus manos. La diligencia, la disciplina, ¿habrá todavía quien se empeñe en convencernos de que nos hacen libres? Elegir someterse al orden no es un acto de voluntad voluntaria -déjame decirlo de manera villana-: la voluntad natural come con las manos. No me contradigo: comer con elegancia es un acto reflejo; hay animales elegantes, ¿verdad? Comer con avidez no siempre es cosa de instinto”.

Ante la complejidad que se advierte en la adquisición de la competencia lingüística no se explica la ineptitud para la comprensión de un texto, pues parece que el esfuerzo para adiestrar a nuestro cerebro ha sido lo suficientemente intenso para que no se le resista un ejercicio de una sencillez relativa como es la lectura, que reúne todas las secciones con las que se construye el idioma del que ya somos unos avezados domadores. Con esto ha tratado de jugar Rubén Martín Giráldez, poniendo a prueba tanto nuestra competencia como nuestra atención, a la vez que invitaba al lector a una deliciosa disyuntiva: ser consciente de la manipulación y ser acompañado durante el proceso o indignarse debido a la incomprensión (que puede interpretarse también como la opción caprichosa en la que, como he podido comprobar, alguno que otro incurre).

Y es que un idioma no es tan solo un método para comunicarse entre individuos, sino también una cultura. También, y sobre todo, una cultura (aunque haya necios que se desvivan intentando reducirlos a simples códigos de comunicación cuyo valor estiman en relación con el territorio en el que se utilizan). Y, lógicamente, poner en entredicho una cultura no le podía salir gratis al autor, no todos los lectores poseen la cintura ni el sentido del humor necesarios para someterse al juego que propone Giráldez, por un lado inteligente y por el otro despiadado.

Ser consciente del laberinto en el que te precipitas al abordar la lectura de Magistral requiere cierta voluntad. La lectura lineal de la obra no surte ningún efecto, puede resultar tediosa, surrealista, incomprensible, densísima. La lectura debe ser diagonal, desde arriba y desde abajo, desde los laterales, empezando por la portada (el único lugar en su sitio. O no, depende de la perspectiva). Nada es casual, todo tiene el propósito de probar al lector, de probar sus límites, de soltar en medio de su cerebro una granada con dispositivo de cuenta atrás y esperar. Esperar. Esperar. Esperar… Hasta que el libro se apodere de todos los conceptos preexistentes, de todos los principios y pautas y los contamine con su nuevo código. Es entonces cuando la obra cobra sentido, cuando se reelaboran todos los conocimientos, cuando las conexiones saltan por los aires y el idioma adquiere otra dimensión.

Giráldez juega a reescribir, a relativizarlo todo, a esconder pequeñas pizcas de clarividencia en los pliegues de las páginas que el lector atento detecta no sin dificultad. Giráldez es el demiurgo de un nuevo idioma, da a luz una nueva cultura a partir de la ya conocida que ha sido diseñada a partir de un idioma al que se ha dejado de dar tanta importancia. O, por mejor decir, un idioma al que se le debe dar menos importancia, puesto que en tiempos tan dispersos no es preceptivo que existan tablas de la ley a las que venerar. Detrás del idioma y de la cultura están las personas, son estas las que despiertan verdadero interés, el motor de todo, son estas a las que el autor prueba, a ver cuán dispuestas están a ser objeto de un juego de agudeza. Y no todas están dispuestas, no todas entran en el juego, no todas comprenden que tomarse tan en serio a sí mismas impide reírse de todo lo demás.

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José Braulio Fernández Riesgo

José Braulio Fernández Riesgo Abeces leo | Granitero Oviedo Twitter: @JoseBrauliofr

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