Traductores — 27 Abril 2016
Entrevista a INGA PELLISA, traductora

Has traducido narrativa y ensayo, a Robert Stone, a Janet Malcolm, a Claudia Roth Pierpont. Narrativa y ensayo. ¿Cuál es tu género favorito?

Pues lo cierto es, como imagino que esperabas, que no te voy a saber responder. Caigo cíclicamente en la insatisfacción: cuando llevo un par de ensayos echo de menos la narrativa, y cuando me caen un par de novelas seguidas mataría por traducir un ensayo. La traducción es un proceso muy absorbente y meticuloso, y a la que vez que lo disfrutas y que te hace sentir realizada, hay que luchar todo el tiempo contra las ganas de salir corriendo. En otras palabras, yo establezco una cierta relación de amor odio con los libros que traduzco, la convivencia durante esas semanas o meses es a veces demasiado intensa, pero para cuando el libro editado llega a mis manos ya sólo recuerdo lo bueno. Así que como ves vivo en una idealización constante de las traducciones pasadas y futuras, pero en presente sufro mucho, por lo que siempre quiero que el próximo libro sea lo más distinto posible al que tenga entre manos en ese momento.

En todas las entrevistas que he hecho a traductores me han dicho que, ante todo, el traductor debe ser un buen lector. Ser escritor debe ser otra historia. ¿Qué más ha de ser un traductor?

Estoy totalmente de acuerdo. Todo el mundo debería ser un buen lector. Lo de la comprensión lectora hoy en día, al menos en este país, es un drama. Es un tema que me obsesiona. Pero si además te dedicas a los libros, a la cultura en general, cualquiera que sea tu papel, no hay excusa. Tienes que entender el libro que traduces mejor que nadie, a todos los niveles. Tienes que captar los significados explícitos e implícitos, los juegos de palabras, los toques de ironía, las cadencias, las atmósferas…, mejor que nadie. ¿Y qué más? Hombre, pues ser un poco TOC ayuda. Y no confiar nunca del todo en ti misma, también. Ser paciente y un poco masoquista. Y saber funcionar sin demasiado riego ni luz natural.

Eres traductora porque…
¿Qué te trajo a este mundo? ¿Cómo comenzaste? ¿Cuál fue tu primera traducción y cómo fue ese momento de ponerte ante tu primer gran trabajo? Ahora mismo estoy en ese punto y sé que se sienten muchísimas cosas…

Yo iba para química, y no por error: desde pequeña, mis dos cosas favoritas fueron siempre los libros y los documentales de ciencia. Pero a los diecisiete aún no se me había ocurrido que podía trabajar haciendo libros, así que cogí el otro camino. Y me gustaba, y no se me dio del todo mal, creo, pero la pasión se fue muriendo poco a poco, y al tercer o cuarto año pasaba más tiempo leyendo en el césped de la Autónoma (si es que iba), que en clase. Así que di un volantazo, trabajé en cosas varias, estudié Humanidades, me especialicé en Gestión Cultural y salí de la universidad sabiendo ya por fin que lo que yo quería era ser editora. Y lo fui unos años, en una editorial olvidable y en una inolvidable, Libros del Silencio. En la primera revisé decenas y decenas de traducciones, así que seguramente lo justo sería decir que empecé ahí, cotejando y retraduciendo de arriba abajo alguna chick lit o un highlander. En la segunda revisé muchas más, y tuve la oportunidad de trabajar con traductores muy buenos. Se aprende mucho observando las piruetas de otros a cámara lenta. Si no hubiese perdido el miedo con este trabajo previo de editora y correctora, y si no hubiese visto cómo disfrutaba volcándome en plan extremo en un texto, puede que jamás me hubiese atrevido a traducir a Stone. Me alegro de haberme atrevido. Ahí aprendí los fundamentos. Ahí me planteé por primera vez TODO. Y también me di cuenta de lo sumamente complicado que es traducir a un autor tan rico y preciso, de la responsabilidad que supone, de lo importante que es leer simultáneamente a varios niveles, para descifrar la complejidad y volverla a codificar sin matar el texto por el camino. Y también descubrí que incluso poniendo los cinco sentidos, no soy infalible. Es decir, traducir es un trabajo de artesano con un mecanismo que a veces me recuerda a uno de esos problemas larguísimos de física o de álgebra que me ponían en la carrera, pero hay algo más, algo inasible. Es imposible controlar todos los factores, aunque pases mil veces por el mismo punto, o puede que precisamente porque pasas mil veces. En fin: que dios salve a los buenos correctores.

Javier Calvo dice que «la traducción es una empresa trágica.» ¿Piensas lo mismo?

Sí, en el contexto en el que lo dijo él y en muchos otros. Pero como dice Calvo, no hay otro remedio. Yo de momento lo llevo bien. Aunque creo que si fuera autora me generaría muchísima angustia hablar con voz de otro. Sería una auténtica control freak, la pesadilla de cualquier traductor.

Recientemente, en una presentación de, precisamente, el nuevo ensayo de Calvo, El fantasma del libro, Pilar Adón y él dijeron que una nota a pie de página es un fracaso para el traductor. ¿Estás de acuerdo?

Pues mira, aquí no estoy de acuerdo, en absoluto. Con todo mi respeto, me parece un aforismo seductor, pero es mucho simplificar. Evidentemente, una nota al pie puede ser en muchos casos una muestra de incapacidad o de rendición del traductor: aquello del “juego de palabras intraducible”, da mucha rabia, no lo niego. Pero un libro no es una película, el acercamiento es otro. Y tampoco hay que privar al lector de una información importante sólo para no romperle la cuarta pared. Hay libros que quedan cojos sin esas aclaraciones al pie. “Pero es que en el original el autor no las incluyó.” Ya, pero la cultura, las referencias y la lengua compartidas son herramientas de comprensión de las que el lector de la traducción en principio carece. Creo que es labor nuestra suplirlas. Lo mínimo, si se quiere, para garantizar la comprensión del texto sin ser pedantes ni entorpecer demasiado la lectura, o para ayudar a un lector especialmente interesado a tirar de ciertos hilos.

¿Crees que a los traductores se les dan las suficientes facilidades para realizar una buena traducción? El mundo de la traducción… ¿está bien preparado?

Una buena traducción necesita tiempo, pero las traducciones no se pagan por horas, sino a peso, por caracteres. Así que la respuesta es no, claramente. Pero no dramaticemos: ¿quién trabaja en condiciones ideales hoy en día? Es un signo de los tiempos, no de este oficio.

¿Hasta qué punto un traductor debe ajustarse a las “reglas establecidas”, a lo puramente técnico, y hasta qué punto tiene libertad para modificar, mejorar, literaturizar?. El traductor ¿debe arriesgar, mejorar o debe moderarse, interpretar y limitarse a su cometido?

Pero es que su cometido es convertirse temporalmente en el autor, habitarlo, no aplicar algoritmos. Mejorar, no. Fabular, tampoco. Pero ceñirse a lo literal es una traición de magnitud similar. Es un invento: ¡el autor jamás habría escrito eso, así, en castellano! Encontrar el punto justo es una labor de años; es la clave. Yo estoy en ello, todavía. Pero una cosa la tengo clara: las traducciones literales no sirven ni para un manual de instrucciones, dejémoslas para los anuncios de juguetes y champús.

¿Hay algo, o algún autor, intraducible?

No, pero los hay que quedarían tan irreconocibles que no vale la pena. La misma decepción que traducir un trabalenguas o una canción pop.

Cuéntame, por Dios, cómo es traducir a Nell Leyshon, además de un placer, imagino, infinito. Supongo que no ha sido fácil. Leí Bedlam, la primera obra escrita por una mujer que se representó en el Globe, e imagino el trabajo que ha conllevado traducir El show de Gary. La jerga, por las características del personaje, el ambiente…

Ha sido una gozada, sí. Es un libro tremendamente vivo, y duro… Tengo que reconocer que lo pasé mal leyendo un par de escenas. Pero luego, cuando traduces, no te puedes escapar de las frases que duelen, así que a veces me pasaba un buen rato mirando el párrafo hasta que conseguía tomar la distancia necesaria. Creo que lo más importante era conservar intactas dos cosas: el carisma de Gary, y la agilidad del texto, y en particular de los diálogos. Así que leí mucho en voz alta, y a menudo, antes de empezar a traducir releía lo del día anterior para darle otra vuelta. La propia Nell me explicó la semana pasada que había podado mucho, mientras revisaba los borradores de la novela, para conseguir ese ritmo y esa fuerza. La clave estaba en la sencillez. Le dije que yo también había recortado mucho después de traducir. Que había páginas con las que sólo me había quedado conforme cuando eran como una bofetada en la cara. Espero haberlo conseguido. El libro lo merece.

¿Cuál es la traducción más complicada que has realizado hasta ahora?

Stone es duro: cuando retiras una capa aparece otra, y otra… El escalpelo de Janet Malcolm. La novela que estoy traduciendo ahora mismo, en la que hay que retorcer constantemente el lenguaje. La jerga y la crudeza de Phil Klay. Las realidades sociales que te descubre Angela Davis. Las endemoniadas letras de Bowie. Los impedimentos fonéticos de los oasianos de Michel Faber. El miedito y el precioso rotulado de Emily Carroll. Hay donde elegir, jaja. Pero sin duda, la traducción más complicada que he hecho hasta ahora es la de un libro que aparecerá en la próxima rentrée en La Fuga Ediciones [“Mumbo Jumbo”, de Ishmael Reed], un libro muy importante para mí desde hace muchos años, el texto básico de mi religión particular. A su lado, los ensayos de economía, geopolítica o epigenética han sido un juego de niños.

¿Qué proceso sigues cuando te pones a traducir una novela? Manías, horarios, organización…

Tengo un hijo de dos años y medio y estoy esperando una niña, así que ahora mismo no me puedo permitir nada de eso: ni manías, ni horarios, ni organización. Es difícil disponer de unas horas seguidas, sin interrupción, de modo que cuando las tengo me lanzo en plancha. Las mañanas son un lujo; las noches, lo habitual. Antes de El Caos, le pregunté a un amigo traductor cómo lo hacía para trabajar con el niño en casa. Me dijo que su organización era ésta: primero su hijo, luego el trabajo, y luego todo lo demás. He descubierto que, en efecto, es complicado cambiar ese orden. Así que cuando empiezo una traducción me marco una “meta” de páginas a la semana, calculo más o menos cuántos días de revisión necesitaré antes de entregar e intento ceñirme al plan todo lo posible. Y por lo general hasta lo consigo.

Alan Duff, que ha escrito sobre la traducción, dice que aunque es necesario mantener la calidad de la escritura cuando un texto está bien escrito, tampoco sería perverso decir que un texto mal escrito se merece que sea mal traducido. Es decir, que el tiempo empleado por el traductor en la hazaña de traducir debe ser directamente proporcional al tiempo empleado por el escritor en el cuidado y buen hacer de la escritura. Y te pregunto qué opinas sobre eso y hasta qué punto debe mejorarse, en tu opinión, una mala redacción o una nefasta novela.

¡Pero los malos escritores tardan muchísimo en escribir! Son como orfebres maníacos,  al menos los que yo he conocido. No sé, yo creo que si nos salimos de lo literario y hablamos de libros que son puramente un producto, y un producto de mala calidad, no tiene sentido seguir siendo puristas. Ése es otro mundo con otras reglas. Creo que dependerá más del acuerdo al que se llegue con el editor que de aspectos teóricos del oficio.

2500 palabras, dicen, es lo máximo que un traductor debería traducir al día. ¿Es verdad? ¿Cuál es tu media?

Es decir, unos 14.000 caracteres diarios. Pues sí, me parece una buena media. Por ahí andará la mía, con sus altibajos indeseados. Con más, el ímpetu y la precisión empiezan a fallar. Con menos, si es tu única fuente de ingresos, tal vez no llegues a fin de mes.

Enemigos y aliados en el mundo de la traducción.

El tiempo. El tiempo.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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