De Profundis Lletreferit — 20 Abril 2016
“El show de Gary”, de Nell Leyshon (Sexto Piso) TRAD. Inga Pellisa

«—Tú naciste así. Naciste torcido.

—Ojalá la vida fuera tan sencilla. Nacemos de tal manera y ya está. Toda nuestra vida está escrita.»

Este artículo no va a salir fácil. Lo sé de antemano. Lo sé porque estoy en ese momento de lectura en el que noto sobre mi cuerpo el peso de todo el libro; de lo que he leído y lo que tengo aún por leer. Cuando empiezo a escribir esto estoy en la página 103 de El show de Gary, una novela que en menos de treinta páginas ya forma parte de la biblioteca del resto de tu vida. Una novela cuyas páginas reflejan una vida que todos conocemos, pero que todos miramos y juzgamos de reojo. Nell Leyshon disecciona una realidad, un sector de la sociedad, y nos la sirve en pequeños bocados que, cuidado, nos van a dejar el cuerpo del revés. En cada uno de ellos. Nos corta la respiración, nos saca del ensimismamiento y, de la forma más feroz, y más sutil, nos muestra las entrañas de un muchacho… al que el lugar, el momento, y la familia en la que crece predispondrán para la fatalidad, quizás, la picaresca, seguro, y que relatará sus victorias, sus derrotas, y ciertos espacios vacíos que se quedan siempre sin rellenar.

Debido a la jaula de metal en la que se crió, que nos da forma a medida que crecemos y nos convierte en las personas que somos después.

¿Acaso podemos huir de lo que, y de quienes, nos ha moldeado como personas? ¿Podemos sacudirnos la historia, los recuerdos, las vivencias, el polvo, la sangre, el dolor, las risas, el miedo, nuestras prisiones íntimas, y cambiar, ser quienes deseamos ser? Gary vive bajo una premisa: hacer caso a su naturaleza. Sabe quién es, sabe cómo es, por qué es así. Sabe que debe interpretar un papel todos los días de su vida, sabe que su puesta en escena debe ser impecable e implacable si desea sobrevivir. Gary crece en una casa con pestazo a alcohol, a maltrato y podredumbre físico y psicológico. Todo lo que rodeó al niño Gary estaba a punto de desvanecerse, al borde de un precipicio. Sin un momento de paz, sin un momento de respiro, sin opción posible a ser, realmente, niño. El niño se quedó en el útero. Gary y su yo-niño se encontrarán en algunos momentos de su vida, en aquellos que marcan una lucha interna por vencer monstruos y demonios. La historia de Gary es la historia del descenso a lo macabro de la sociedad, al infierno; es la historia del silencio en la tierra, del ostracismo, del sálvese quien pueda. Es la historia de un niño que se perdió en su infancia, que se durmió una noche y se despertó como hombre.

Gary habla en primera persona y nos muestra su tierra y su infierno sin ningún tipo de pudor. Es un tío valiente, este Gary. Nunca ha tenido una máscara. Nunca ha fingido ni pretendido. Mira a la vida de frente porque entiende que es la única manera de derribarla, vencer. La historia de Gary es la historia de derrotas y victorias personales, sociales, históricas. En un momento de la historia Gary dice que está haciendo justo lo que desea hacer, que está justo donde desea estar. Y muy posiblemente sea así. Ha mamado su vida antes incluso de conocerla a fondo. Está en sus genes. Es su sangre la que bombea adrenalina cuando sale a la calle. Y él se deja hacer. Sigue el camino que tiene marcado. ¿A los lados? A los lados no hay nada. Considera que en esta vida hay vencedores y vencidos. También cree que están, a un lado, aquellos que se dejan exprimir por lo que impone la sociedad y, al otro, los que son libres, como él. ¿Es Gary libre? ¿Lo que es, a dipper, un carterista, un pícaro, es lo que estaba predestinado a ser o es su única alternativa dentro de una corriente de la que no puede escapar? Pero Gary sabe una cosa que los demás parecen haber olvidado: que lo que hace, robar, engañar, sobrevivir, drogarse, beber hasta perder el conocimiento, es lo que el mundo espera de él. Algunos, como su padre, se podrán sentir orgullosos en su fuero interno, pero no lo dirán. Pero ¿y el resto del mundo? El resto del mundo asiente ante las acciones de Gary porque, ¿qué más puede esperarse de un chaval que nace en una tierra sin esperanza? Nadie le va a echar la culpa a él sino a sus circunstancias. Y Gary lo sabe.

El sol se ha ido y nadie ha pensado en poner a punto la luna.

Ángeles López en su reseña de “El show de Gary” en La Razón, dice: «Lucharás contra él hasta que desees adscribirte a su causa.» No podría resumir mejor lo que Nell Leyshon consigue con su magistral prosa. Queremos renegar de Gary, precisamente, porque no somos Gary, porque ¿qué diría de nosotros sentir empatía por un chaval del que huímos, por el que cambiaríamos de acera? Queremos renegar y relegarlo al lugar al que pertenece. Pero Nell Leyshon, que sabe que en la marginalidad, en su fuero extraordinario, vive lo que merece ser narrado, nos sitúa tan frente a él que no hay escapatoria.Y lo más sensacional es que terminamos por no quererla: ven Gary, acércate más, sigue. En mi caso ocurrió en la página 64, en el último párrafo del capítulo, que reproduzco a continuación. Quizás porque vi la humanidad en Gary, quizás porque entendí por qué sus entrañas estaban dispuestas de esa forma o porque me vi a mí en él, porque Gary podría haber sido yo —como podrías haber sido tú. No lo sé. Pero es el momento en el que vi el fuego, su fuego interior, que lo estaba consumiendo —el momento en el que lo veo, además, a través de una narración soberbia:

Me miro las manos, sobre el regazo. Tengo suciedad incrustrada en la piel y bajo las uñas. Les doy la vuelta. La suciedad está por toda la palma de la mano. Dibuja líneas. Y allí sentado, mientras conduce de vuelta a casa, es como si toda esa suciedad, todas esas líneas, todo se hiciera más compacto y más duro. Se vuelve sólido. Puedo sentir cómo me transformo mientras avanzamos. Puedo sentir cómo se hace más denso. Puedo sentir cómo la suciedad se contrae y toma la forma de un caparazón, la dureza de un caparazón. Puedo sentir cómo se cierra a mi alrededor, en torno a mis pulmones y mi hígado y mi estómago. En torno a mi corazón.

Quizás sea, simple y llanamente, haber descubierto que bajo la picaresca, bajo la actuación de cabroncete que se marcaba en todas las páginas anteriores, y que no dejará de marcarse en las posteriores, hay un corazón que late y, sobre todo, que hay algo más, mucho más profundo, que hace que le vibre la sangre. Que hay algo más que animal, algo más que genes, algo más que una sociedad que imprime sobre nosotros un ritual. Quizás sea ese el momento, ese párrafo, en el que el niño se perdió definitivamente; el momento en el que nació el hombre, el espectáculo.

«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»

ORTEGA Y GASSET

Nell Leyshon dice que todos somos redimibles. Que Gary lo es. Que tú lo eres. Que yo lo soy. En el libro es el propio Gary quien dice, tras mantener una conversación con su hermano, que sólo se trata de encontrar «la grieta en la armadura, la parte blanda bajo el caparazón.» Si Gary la encuentra o no la redención, que otra vida es posible, lo tiene que descubrir el lector. El proceso, juro, será espectacular porque Nell Leyshon ha escrito una novela no ya maravillosa sino imponente, magnífica. Una novela de ritmo frenético que se desliza por tu cuerpo, a veces con bravura y otras con una delicadeza sorprendente, hasta dar con tus entrañas; a veces las hará ronronear, otras veces las hará gritar. Te hará temblar. Te sacudirá. Te abofeteará y la sentirás como un beso. Nell Leyshon es una escritora portentosa, sublime y deliciosa. Y la traducción de Inga Pellisa, que fluye como un río, es impecable, excelente.

La historia de Gary no ha terminado aún. Ninguna de nuestras historias ha terminado aún. Hay una cosa en la vida que te puedo garantizar: nunca sabes qué va a pasar mañana. No sabes lo que es un final hasta que llegas. Esa es la clave de todo. Ese es el gran misterio.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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