De Profundis — 18 Febrero 2016
“Llamada perdida”, de Gabriela Wiener (Malpaso Ediciones)

A la literatura le pedimos cosas hasta la extenuación cuando, en realidad, sólo deberíamos pedirle una; quizás no sea la más importante ni la más atractiva, pero es la más necesaria: que suene a verdad. Si la novela que leemos —aplíquese también a relatos, poesía, ensayos, etcétera— suena a verdad, es decir, si está más cerca de la realidad que de la ficción —aunque sea mentira, basta con parecerlo—, significa que esa novela es libre, y no hay nada mejor que un libro libre. Y, por ende, podremos llegar a creer que nosotros, los humanos, también podemos llegar a serlo. La literatura, nuevamente, nos hará creer, nos hará sentir, nos hará sentirnos esperanzados, expectantes.

Llamada perdida, de Gabriela Wiener, suena a verdad. No hay florituras, no hay discursos impostados: hay un acto de alejarse de la tendencia actual a enmascarar la realidad haciéndola pasar por literatura y mostrar su verdad; desnudarse, a lo mejor con cierto pudor, y ser honesto con uno mismo y con los que se acercan al libro. El éxito de este libro en concreto radica, creo, en que no ha habido un garaje oscuro en el que intentar esconder las costuras de un vestido de mercadillo para que parezca de alta costura. Gabriela Wiener sale a la luz más cegadora con todas sus consecuencias. Sabe que su discurso, en cada uno de los capítulos, puede tomarse a la tremenda, puede escandalizar; también sabe, sin embargo, que algún eco puede llegarle a alguien que necesite escuchar esas palabras y no otras; a alguien cansado de fingir, a alguien cansado de la falsedad social, a alguien agotado, extenuado por las reglas impuestas por seres humanos febriles. Llamada perdida es un saco de turbulencias, un saco de sorpresas. A él hay que acercarse sin prejuicios, con una actitud abierta a la sorpresa. ¿Acaso hay algo más bonito a que un libro te sorprenda?

Cuando dediqué una breve entrada a este libro, dije de él (habiendo leído sólo dos capítulos): «Y en lo que he leído se percibe no sólo la necesidad de narrar (que, en realidad, cualquiera puede tener) sino la necesidad, mucho más extravagante e, incluso, exhibicionista, de quedarse desnuda frente al lector. Y ese quedarse desnuda puede resultar grosero o excesivo, pero en este caso todos los temas que trata, personales, íntimos, los trata desde una poética que protege a los hechos y que la protege a ella, aunque no parezca posible. Es evidente que lo que cuenta puede interesarte más o menos, pero la forma en la que lo hace, la construcción de las frases —a veces lapidarias, otras quizás más comunes— y el tono que le imprime a cada palabra es lo que te provoca las ganas de seguir leyendo —y esto ya es mucho. Sobre todo porque intuyes que hay honestidad, que hay una necesidad similar a la de inmolarse en una plaza pública; y quizás, también, una necesidad de desembrazarse de. Hay chispa, hay movimiento.» Tras leer el libro en su totalidad sigo adhiriéndome a lo que una vez dije: si algo destaca de Wiener frente al resto de sus contemporáneas, es que pese a que no estés de acuerdo, o no puedas entender, lo que te está contando, te quedas completamente pegada al libro por cómo te lo cuenta. Esa poética de la que hablaba no era, por tanto, un lenguaje logrado únicamente en un par de capítulos sino una destreza, una habilidad, una radiante capacidad, que tiene la autora a la hora de escribir; un lenguaje que tiene como regla principal la verdad y que convierte, casi por definición, su relato en una pequeña obra poética. Hay, por tanto, en Wiener una narradora nata que sabe no sólo qué tecla tocar sino cómo tocarla para alcanzar su objetivo. Lo que cuenta, quizás, se convierta en secundario. Es extenuante, y sorprendente, la manera en la que lo hace: casi te convence de que tiene razón en todo, aunque no lo sientas de la misma forma.

Desde que tengo un teléfono inteligente, no he hecho más que negar la tesis de que estos artefactos que tanto nos acercan, estén en realidad contribuyendo a nuestra desconexión total del otro y de uno mismo. Puede ser cierto o no, pero siempre será un error echarles la culpa: ellos sólo son inteligentes. Nos toca a nosotros decidir si la distancia que detecta la máquina es la distancia real entre los cuerpos.

Este libro, publicado por Malpaso, es, sin duda, uno de esos libros a los que hay que acercarse para acercarnos un poco más a la vida. La literatura también trata de romper barreras, de dar un paso más allá y salirse de la zona de confort, intentar indagar en aquello que nos desagrada, en aquello que no nos define. La literatura es querer entender, querer respetar, querer superarse, vencer al pudor o mirarse al espejo y saber, de una vez, quiénes somos. Porque el libro suena a verdad, aunque no sea la nuestra.

Me pregunto cuántas personas están dispuestas, como ella, a reconocer sin seguridad alguna, pero sin miedo, su propia desnudez.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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