De Profundis Lletreferit — 04 Enero 2016
“Las efímeras”, de Pilar Adón (Galaxia Gutenberg)

«Se arde en silencio»
verso de “La hija del cazador”, de Pilar Adón (La Bella Varsovia, 2011)

La trampa de la tierra

“Las efímeras” es una especie de oración y un aullido. Recuerda la novela a la película de Shyamalan, “El bosque” (2004), en la que una sociedad parece convivir felizmente dentro la racionalidad y los límites marcados por la propia sociedad. Estamentos básicos creados para que todo funcione a la perfección. Leemos en la novela: «El ambiente, controlado e inofensivo. El sustrato, nutritivo. La estructura, perfecta.» Límites que no se restringen única y exclusivamente a la vida sino también al paisaje; alrededor de la Ruche parece haber una cerca a la que ningún habitante se acerca porque, al igual que en la película, acechan las bestias. Bestias que devoran y que ponen en peligro la tranquilidad, rutina y cadencia del pueblo. Una calma chicha, en realidad, pues la tiranía y la maldad podrían estar campando a sus anchas en la Ruche. Lobos disfrazados de corderos. Entrañas y vísceras que no han olvidado su origen y constitución primigenia. Una sociedad en la que predomina el bosque y su silencio, la imperturbabilidad de la naturaleza. «La tierra no es consciente de nada porque los gritos no la perforan, porque no sabe nada de mandatos ni de investigaciones ni de posteriores sanciones. La tierra sólo sabe de las agresiones que le causan a ella, pero de las agresiones de hombres a hombres sabe poco. Sólo que la sangre tarda más tiempo en desaparecer de su superficie que del agua. Sólo que los gritos duran lo mismo que la fortaleza de la víctima.» Eso dice Pilar Adón en su relato “Las ramas no son perfectas”, de su libro “Viajes inocentes” (Páginas de Espuma, 2005), y es perfectamente aplicable a “Las efímeras”. La naturaleza, un personaje más de la novela, es testigo mudo de las vivencias, idas y venidas, de una sociedad que si bien es buena, apacible y generosa, también es un tanto sórdida, oscura y opresiva. Sentimientos que se intuyen a través de una lúcida y magistral capacidad descriptiva de la autora que domina el lenguaje y hace uso de él para establecer, sin atisbo de duda, las bases de una sociedad tan dependiente, tan enferma y tan humana, siempre en silencio, como las demás.

Si hay algo característico en el universo literario de Adón es la crueldad, la violencia en el estado de las cosas y los seres humanos que pueblan sus novelas y relatos. Adón posiciona a los personajes siempre en el límite, en el abismo: en situaciones que definirán su verdadera naturaleza. Como si de un experimento se tratase. En “Las efímeras”, las hermanas Oliver, Dora y Violeta, forman parte de un «todo» en el que cada elemento está relacionado; tienen una razón de ser y de comportarse. Forman parte de una rueda que comenzó a girar mucho antes de que existiesen y que ha permanecido inalterable desde su origen. ¿Cómo es posible que una sociedad no evolucione? ¿Cómo es posible que los cambios del mundo no les afecten? Porque no existe el exterior y porque es el miedo el que gobierna la sociedad. Su figura principal, Anita, aunque no nos es descrita como una soberana dictatorial, encierra en sí misma, en su propia concepción, una tiranía, una maldad, que pese al lenguaje suave y calmo que utiliza la autora, no pasa desapercibida. Anita es la dama de hierro que no desea contemplar cómo un mundo puede desvanecerse, destruirse.
Y, si la sociedad no ha evolucionado, ¿es posible que evolucionen los personajes?

El miedo

«¿Para qué un cielo tan lejano?» (“La hija del cazador”)

El miedo va unido a la religión. Es su motor principal. Sin miedo no hay fe. Los diez mandamientos que caen como losas, los pecados, la bondad fingida, la maldad castrada. La otra mejilla. Siempre el exterior que predomina, nunca el interior. El ser humano es bueno de nacimiento. El mundo lo pervierte. Un ser humano despierta del letargo y nada vuelve a ser lo mismo. «Haz lo que quieras.» —dice Violeta Oliver en las primeras páginas de la novela—«Pero yo tendría cuidado. La gente actúa de un modo normal hasta que un día unos cuantos dejan de ser normales y empiezan a hacer cosas raras. Y arrastran a los demás.» La mochila que todos llevamos y que un día revienta. La religión se olvida de las consecuencias de la opresión, sea del grado que sea y se manifieste del modo que se manifieste. Llevados al límite, las personas adquieren dimensiones que ni ellas mismas imaginaban; tampoco tienen en cuenta que una sucesión de acontecimientos que se salen de la rutina es capaz de suscitar en ellos otros miedos que nadie les ha enseñado a dominar: es entonces cuando descubren de qué están hechos en realidad, y cuando se convierten en animales impredecibles: se pervierten. La mancomunidad en la que viven ha fallado en su propósito; las personas se desarman para armarse de nuevo y, en el proceso, entenderán que están obsoletos y que quizás ya no encajen en los parámetros establecidos. Lo que les ha sido dado a lo largo de los años ya no les basta. Es el ansia de liberar lo que hace reaccionar a cada persona de una forma diferente. Y es ahí donde comienza el verdadero juego. Este es el punto del que parte Pilar Adón: el momento en el que los personajes se miran por primera vez en el espejo. Un punto de no retorno.

Pilar Adón, en la novela de la que bebe principalmente “Las efímeras”, “Las hijas de Sara”, dice: «El miedo congela el pensamiento e impide actuar con sensatez.» Ese es otro de los principios básicos de una sociedad que, de alguna forma, se construye en base a una religión, entendiendo por religión todo aquello que educa a través del miedo, de la rutina, del conformismo y la rendición. La Ruche nació para enseñar, y enseñar está, más veces de las debidas, más cerca del adoctrinamiento que de la formación académica. Pero ¿ha sido la Ruche siempre la misma o sus habitantes la han transformado? ¿Han sentido sus habitantes siempre lo mismo? ¿El odio latente? ¿La monstruosidad que alberga todo ser humano en su interior? ¿La necesidad de romper las cadenas y salir a la luz? ¿El impulso de ver más horizontes? ¿Las ganas de arriesgarse, sentir, vivir?

Y no podemos olvidarnos de la justicia, de la idea de justicia que se alimenta en silencio en una comunidad como la de la Ruche. Todos los personajes acarrean una mochila que pesa. A veces el peso es más liviano, más llevadero. Pero basta una hoja de árbol caída en el momento inoportuno para desatar desastres en serie. Ese momento en el que las oraciones no bastan para calmar la sed de venganza, o la ira, o el odio. Y, entonces, están condenados al fuego eterno. Pero, partiendo de un verso de Pilar en su “Las hijas del cazador”, estos personajes llevan ardiendo en silencio mucho tiempo y, por tanto, no es más que una consecuencia más de una sociedad herida por su propia existencia.

La colmena

La Ruche significa «colmena» y parte de un modelo que existió en París, la denominada «escuela del futuro». Una sociedad alejada de prejuicios y, entendemos, malos sentimientos. Modelo utópico de convivencia que, como todo, tuvo fecha de caducidad. La gente abandona lo que tiene en busca de algo mejor. Pero si existe amor existe el odio, si existe la alegría existe la ira; si existe Dios, por tanto, existe el Demonio. Si existe una colmena existe una abeja reina.

En la película de Shyamalan los habitantes del pueblo viven bajo una premisa que pesa como un yugo: no podéis salir del pueblo porque en el bosque viven criaturas infernales enviadas por Satán. La Ruche es el bosque, en este caso, y sus habitantes no viven bajo esa premisa. Anita, la soberana, no gobierna a través de discursos, leyes o dictámenes; tampoco utiliza un lenguaje dictatorial. Intenta, de hecho, pasar todo lo desapercibida que le es posible, desentendiéndose a su modo de la sociedad, para no generar en sus habitantes ansiedad, agobio, ahogamiento. Pero su figura está siempre presente en la gente del pueblo. Ella es el eje, la reina de la colmena. «La comunidad se organizaba en torno a ella de la manera más tradicional, esperando que preservara el orden y el equilibrio pero siempre de una forma invisible, sin que se notara que había alguien que debía hacerlo porque de lo contrario, si decidiera ponerse de pie frente a ellos y proceder como un ser superior, si se mostrará con espléndida magnanimidad o con bochornosa cicatería, entonces se sentirían gobernados, marcados como reses. Sirvientes que esperaban mandatos de su amo para actuar y que no actuarían si los mandatos de su amo no llegaban. Y no era ese el espíritu de la Ruche.» Lo que no se menciona pero se intuye es la tiranía implícita en toda persona que se sabe con poder. Y, en este caso, Anita hace y deshace según le place a sabiendas de que nadie se alzará contra ella pues, lo saben, tienen todas las de perder. Por tanto, y pese a que en la Ruche no se gobierna con mano de hierro, sí existe una figura que declina el presente y el futuro de su rebaño. Como en todo lo que Adón escribe, lo que no se dice es de una fiereza que destruye. La bestialidad de lo imperceptible.

«Ser alguien más tirando del mismo equipaje.» (“La hija del cazador”)

Subyace una dicotomía que no debe resultarnos sorprendente pues vivimos en ella: la bondad y la maldad, la tiranía y la tolerancia. Y subyace la inevitabilidad de cuestionarnos qué adjetivos tienen más peso en los personajes, de qué están hechos pese, o precisamente por, la sociedad en la que han nacido; qué es lo que escapa al control de un recio estado de las cosas y las personas. Dentro de esa dualidad incluiremos la capacidad de adaptación de cada uno de los personajes: cómo se transforman, de nuevo, en una sociedad que quizás no admita cambios y en unas personas que creen quererlos y que quizás luchan fervientemente contra sus propias necesidades. Adaptación que, como en todo el universo Adón, es otra bestia más; no siempre implica, como cabría suponer, salvación. Ese es un rasgo más de la crueldad a la que nos vemos abocados como lectores.

La vida en pausa

«en esta tierra el tiempo ya no avanza // (…) // La rota queja que retumba en el surco invariable de los días.» (“Con nubes y animales y fantasmas”)

Decía que la naturaleza es otro personaje más, el más agresivo de todos. En las primeras líneas de la novela leemos cómo Dora Oliver da nombre a cuatro árboles protectores, cuatro encinas. Este intento por humanizar la naturaleza no nos extraña pero, ciertamente, adquiere otra dimensión a medida que avanza la novela. El arraigo que sienten los personajes hacia la naturaleza tampoco es sorprendente si tenemos en cuenta que es lo único que les rodea: es lo que ven, a lo que se atienen. Sí que alborota, sin embargo, las grandes distancias que existen de una casa a otra, y lo posesivas que resultan la maleza, las zarzas, los montículos, las ramas, los árboles, así como el estrepitoso silencio que domina el entorno. La violencia de una naturaleza que estando viva parece inerte. La violencia de un mismo horizonte que apenas se transforma. Días inalterables, en repetición constante. Los largas distancias que los protagonistas se ven obligados a recorrer y que nos hacen creer que, en realidad, lo único que cambia, lo único que pertenece y permanece, es la naturaleza; la lentitud de la vida que avanza salvo en los habitantes del pueblo. Es estremecedor descubrir cómo la naturaleza es, en este caso, enemiga de los personajes. Estamos acostumbrados a lo contrario, a que la naturaleza sea un remanso de paz, una especie de paraíso, para el personaje. Nos acordamos de Walden, por ejemplo. Pero también nos olvidamos de que la naturaleza, al final, expulsa lo que no le pertenece. Es ahí donde se encuentran los habitantes de la Ruche. La naturaleza, interior y exterior, apuntala poco a poco una red que estrechará aún más la soga en el cuello.

“Las efímeras” es la mejor novela de Pilar Adón, la mejor muestra de un universo esplendoroso y terrible. Una historia que transcurre en un silencio atronador, escrita desde un dominio y una veneración absoluta por el lenguaje. Estamos ante la mejor narradora española actual y se nota. Nadie como Adón para describir la brutalidad del ser humano sin alzar la voz, sin utilizar un lenguaje violento, soez y limitado. Una narración revisada, cincelada como una obra de arte, pausada, que estira la mecha de la bomba hasta el final, y en apariencia contenida; una auténtica lección de literatura. Y la Ruche, que tiembla desde la primera hasta la última página del libro, que se lame las heridas y lucha por no desangrarse.


MÁS PILAR ADÓN EN G&R:

Reseña de “Viajes inocentes”.

Reseña de “Las hijas de Sara”.

Reseña de “El mes más cruel”.

Entrevista a Pilar Adón como autora en el G&R #19.

Entrevista a Pilar Adón como traductora en el G&R #27.

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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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