Impresiones de un ser indigno

Impresiones de un ser indigno

INDIGNO DE SER HUMANO

Osamu Dazai (Sajalín Editores)

Ahora hay algo que me desagrada de mi propia vida, y no sé lo que es

Comienzo a leer “Indigno de ser humano”, de Osamu Dazai. En los primeros compases de la narración, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, me recuerdan al “Papel pintado amarillo”, de Perkins Gilman, y a “Biografía del hambre”, de Amélie Nothomb. Tengo la sensación de que es un libro que me va a dejar árida, desierta. La vida del escritor fue sombría –como la de todo genio que se precie, he pensado– y este libro promete hablarme de adicciones y suicidios. Después de leer a Stevenson (“El libro de la señorita Buncle”), y a Gaskell (“Cranford”), y a Willa Cather (“Para mayores de cuarenta”) y a Martín Gaite (en unos poemas que dejan bastante que desear), necesito leer algo duro, algo que me arrastre y que me duela. QUE ME DEVORE. Mi mente subraya (es un libro en préstamo de la biblioteca): «Nadie puede sonreír con los puños cerrados con fuerza.» Asiento, pero no sonrío. Sé que si este libro no funciona siempre me quedará Anne (Sexton). Me encuentro, de repente, con una declaración amarga: «Me pregunto si soy feliz. Desde pequeño me han dicho muchas que soy afortunado, pero mis recuerdos son de haber vivido en el infierno. Esos que me tildaron de dichoso, al contrario, parecen haber sido incomparablemente más felices que yo.» Sí, esto duele, esto atraviesa. Dejo este cuaderno y sigo la lectura.

Avanzo y descubro el dramatismo absoluto de una criatura que pretende hacer reír mientras oculta sus miserias, como si de esa forma pudiera vencerlas. Dice de sí mismo, Yozo, el protagonista, que es un bufón, el bufón de la corte, pienso yo. Pero en esta novela no hay reyes ni reinas. Y lo hace, lo de ser un bufón, porque si la gente ríe cierra un poco los ojos y los párpados se convierten en el estorbo de la lucidez. Ese es el secreto de los payasos, me digo. Así ocultan lo lamentable de su existencia.

Las personas se engañan unas a otras del modo más natural y, sorprendentemente, sin resultar lastimadas. Parecen no darse ni cuenta de la superchería. Creo que su vida está llena de ejemplos nítidos, puros y claros de desconfianza. No obstante, a nadie parece preocuparle este intercambio de falsedades.

Yo mismo engaño a los demás desde la mañana a la noche con mis bufonerías. No tengo el menor interés en eso que los libros de texto llaman moral. Me cuesta entender que el ser humano viva o quiera vivir con pureza, claridad y felicidad en medio de toda esta mentira mutua. Nunca me han explicado la razón de esta habilidad. Si lo hicieran, quizás me librarían del terror que siento por ellos o de mis representaciones desesperadas. O quizás también de mi enfrentamiento con ellos y del infierno que experimentaba todas las noches.”

No existe ningún libro triste en el que no se hable de ríos, mares, agua. Ninguno. Es como si en ese medio naciesen las adicciones, la locura. O quizás sea simplemente un modo de lavar la pena, de ahogarla, de masticarla. Yozo avanza lentamente entre las aguas: ni las pisa ni las roza; las camina, las ahuyenta. Ante él se abren precipicios de la nada marina. Los cerezos pierden todo el esplendor del que gozaban antes de encontrarse con él. Yozo es veneno y él lo sabe; y no muda la piel, se le adhiere cada día más, y más, y más.

Hay frases que pasan desapercibidas en una primera lectura. Encierran, sin embargo, una potencia que puede hacer saltar todo por los aires. En la tercera lectura, sin embargo, estamos ya condenados: «En toda mi vida, muchas veces he deseado ser asesinado, aunque ni una sola he pensado en quitar la vida a nadie. Será porque, al contrario, deseo hacer felices a las demás personas.»

El libro y el personaje auguran cosas terribles. No es su origen japonés, ni la disposición de las letras o los acontecimientos. Es la barbarie humana, la mezquindad humana, la que consigue hacerme temblar, la que hace que se me erice la piel. Es terrorífico. “Indigno de ser humano” supera la tristeza, y es algo más que un baile de máscaras macabro. Es la necesidad de hacer felices a los demás para ahuyentar las debilidades, las penas, la muerte. Es el intento de amargarle la vida al suicidio. Buscaba un libro que no me salvase. Es este. Y es que algunos sobrevivimos gracias a la guerra, no a la paz.

Ha hablado por fin de suicidio. Sigo.

No es algo que acabe de descubrir pero encuentro en la afirmación una cierta necesidad: el sake es a los japoneses lo que el té a los ingleses. Y aún así sobreviven, me digo.

Los cobardes temen hasta la felicidad. Pueden herirse incluso con el algodón. A veces, hasta la felicidad les hiere. Antes de resultar herido, me apresuré a separarme de ella, utilizando las bufonerías como una cortina de humo.

He releído ese fragmento varias veces, intentando que esa vocecilla que me hablaba callase el terror de lo que me decía. Ahora, escrita de mi puño y letra, confieso: yo he sido así, yo fui así. Pero no es que los cobardes teman la felicidad. No. Lo que temen es que, una vez heridos, la felicidad sea como la búsqueda del Grial: un final con un agujero en el suelo y una losa con nuestro nombre en ella. El cobarde –pero también el valiente– se protege de las acciones de los demás. Hace falta mucha valentía para rechazar la felicidad, las sonrisas, los amaceres plagados de sexo y de besos. Hace falta mucha valentía para hundirse y querer reconstruir.

Pienso que no hay amor sin un puñado de celos. Dazai me dice lo contrario, usando a Yozo como escudo, y me aterroriza con las siguientes palabras:

No es que tuviera celos; nunca fui posesivo. Es cierto que a veces he sentido pena al perder algo, pero nunca la suficiente como para enfrentarme a los demás por este motivo, hasta el punto de que años después vi cómo violaban a mi esposa sin hacer nada por evitarlo.

Jaque mate. Tocada y hundida. Dazai me habla de los abismos humanos, de lo míseros y lobos que nos estamos convirtiendo, y el temblor acecha mi cuerpo. Esa vida, esa vida que narra… es insoportable incluso para el lector que está protegido de ella por los años y la distancia. Y aún así. Hasta ahora Dazai me recordaba a mi querido Ryunosuke Akutagawa en “Vida de un idiota”, otro relato confesional y biográfico. Pero ya no, es imposible. Ryunosuke era, dentro de la desgracia y la sangre, más limpio y tierno.

Cierro el libro unos minutos y pienso: es demoledor. Este libro es absolutamente de-mo-le-dor. ¿Lo más terrible? Que me gusta, que me encanta, que quiero y necesito seguir leyendo. No sé lo que eso dirá de mí como persona y como lectora.

Hoy es domingo y huele a vacío, a renuncia, a dolor. Nunca un domingo tuvo tantas ganas de venganza. Creo que es muy mala idea leer a Dazai cuando se pretende descansar. Aunque, en realidad, todos sabemos que los domingos son excusas para guerras.

Dadme, por favor, una voluntad gélida. Muéstrame la naturaleza del ser humano. ¿No es un pecado que las personas vivan rechazándose unas a otras? Concédeme, por favor, una máscara de ira.

Osamu Dazai busca la paz. De verdad que sí, parece decirme, de verdad que la busco pero se me escapa entre los dientes, entre los dedos, entre las venas. Sólo encuentra batallas en su desgastado ser. Pone de su parte, participa de las comedias que los demás disponen para él; cae solícito en las bromas, buscando dentro de ellas alguna salida de emergencia. Pero no, nunca parece haber ninguna:

En realidad, el mundo continuaba siendo para mí un lugar de horror insondable. No se trataba de un lugar fácil en el que todo se decidiera simplemente entre ganar o perder.

El ser humano siempre en lucha, siempre colocado en un bando o en otro. Pero, ¿qué ocurre con los que se sitúan en medio? Ocurre “Indigno de ser humano”. «Siempre me persigue un aura de oscura turbiedad, de marginado sospechoso.»

Aparece, por fin, la palabra sanatorio. El libro, me digo, está ahora completo. Manicomio, eso es, en la página 116.

(…) así me encerraron y me convertí en un loco. Aunque llegue a salir, llevaré siempre clavado en la frente el cartel de loco; mejor dicho, de muerto viviente. Indigno de ser humano. Dejé por completo de ser una persona.

Fin del libro. Mi vida nunca volverá a ser la misma. Hace unos días pensaba: necesito encontrar el libro que dé la vuelta a mi piel, que deje mis entrañas como abrigo de invierno. Me fui a la biblioteca y me di de bruces con Dazai. Ahora sé cómo respirar de nuevo, aunque haya perdido el saber cómo enfrentarme a lo que resta de domingo. Curioso, además, que este 28 de octubre haya tenido 25 horas. Quizás sea una jugarreta del destino: regalarme una hora que a Dazai le fue robada. Esta es una historia perturbadora, un hueso que se atraviesa en la garganta. “Indigno de ser humano” es una fiebre, es la enfermedad, es el delirio, el naufragio, la indecencia de cuando nos miramos al espejo. Dazai lo sabía y no pudo soportarlo y, como Virginia (Woolf), se lanzó al río y se dejó la vida ir. Él, decía, no lo soportó, pero lo terrible es que nosotros sí que podamos.

En mi existencia ya no existe la felicidad o el sufrimiento. Todo pasa. Esa es la única verdad en toda mi vida, transcurrida en el interminable infierno de la sociedad humana. Todo pasa.

P.D.: La aparente calma con la que Yozo describe su camino al abismo es una trampa. Terrible y angustiosa trampa. Es la autodestrucción en la que todos (TO-DOS) estamos inmersos.


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Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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