“El hundimiento del Titán”, de Morgan Robertson (Nórdica Libros)

“El hundimiento del Titán”, de Morgan Robertson (Nórdica Libros)

En Cajón de una Literata escribí un artículo titulado «Borderland» sobre un hombre que había muerto en el Titanic. Eso, obviamente, no tiene nada de especial. Lo escribí porque resultaba que este hombre, llamado William Thomas Stead, había escrito en 1886 y en 1892 dos relatos que trataban del hundimiento de un barco gigante; el primero, se chocaba con otro barco y se hundía, y el segundo se chocaba contra un iceberg. Este hombre, además, periodista muy aclamado y respetado en Londres, fundador de varias revistas y periódicos, creía en el espiritismo y en la unión irremediable de la vida y de la muerte. Él, de hecho, fue el creador de la revista Borderland, la primera revista que trataba de estos asuntos. Esa creencia no resulta sorprendente puesto que muchos victorianos eran fervientes seguidores de güijas y médiums. Lo sorprendente, quizás, es que este hombre habló con una persona que veía el futuro, quien le dijo que embarcaría en una gigantesco barco, el más grande hasta entonces visto, y que no saldría vivo de allí. Thomas Stead se embarcó en el Titanic y, efectivamente, murió. Salvó unas cuantas vidas y, creyendo que no merecía salvarse por todas las señales anteriores que había tenido, encendió un puro y se fue a la sala de fumar a jugar a cartas. La orquesta seguía tocando y las calderas seguían echando humo.

La historia que ha publicado Nórdica Libros bajo el título “El hundimiento del Titán”, escrita por Morgan Robertson y traducida por Iñigo Jáuregui, es muy similar a la historia de Stead. Robertson la escribió en 1898 y narra cómo un barco llamado Titán, un barco que había revolucionado el mundo, insumergible, choca contra un iceberg y cómo, por la falta de suficientes botes salvavidas, muere la mayor parte de los pasajeros en el Atlántico Norte. Es impresionante saber que esta historia, que reproduce con una exactitud grotesca lo ocurrido en 1912, fue escrita años antes, cuando aún no existía el proyecto del gran barco. Cómo es posible entonces, nos preguntamos todos, que no sólo Stead sino también Robertson fueran tan visionarios como para predecir, al milímetro, una de las grandes catástrofes de principios del siglo XX.

La historia de Robertson desgrana a la perfección la ruindad humana. El barco estaba dividido –como lo estuviera el Titanic años después– en tres secciones: primera, segunda y tercera clase era el reflejo de la sociedad de aquellos tiempos: el desprecio por las clases inferiores queda patente en cada página, así como el poder que el dinero provoca –y también la estupidez, ojo. Los propietarios del barco, así como las aseguradoras y tripulantes, tenían objetivos monetarios, claro está. Robertson analiza todo esto y nos dice: ojo, amigos, a lo que vais a ver; en este barco duermen lo mejor y lo peor del ser humano, los solidarios que no entienden de clases y los ricos que no se olvidan de ellas; los vestidos y trajes caros ganarán la batalla por un bote salvavidas y los pobres, los borrachos, los que van a Nueva York en busca de una vida mejor, la perderán; ellos no tienen derechos, las ropas sí. “El hundimiento del Titán”, además,  guarda una historia tierna, como aquellas que salían en prensa tras el hundimiento, protagonizada por Rowland y una niña preciosa. Rowland es el héroe de la novela, héroe que habló antes de tiempo por todos aquellos otros héroes del Titanic que se han visto silenciados por ser pobres, por ser de tercera. La justicia poética tuvo lugar en 1898 y no en los años siguientes al hundimiento del Titanic. Rowland vivirá en sus propias carnes –literalmente– la injusticia y la ruindad y mezquindad humanas de la época. Por suerte para él, para nosotros y para el mundo, los niños no miran nunca por encima del hombro.

7/10

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Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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