Lletreferit — 23 Marzo 2015
“Menos joven”, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill)

Me gustaría empezar por el principio, pero, una vez leído “Menos joven”, de Rubén Martín Giráldez, creo que no es descabellado empezar por el final, por el medio, o, incluso, por el exterior, si así lo decidiera. ¿Por qué no empezar por el principio? Sencillamente porque el orden es irrelevante en este libro. No me refiero a que sea indiferente la página por la que se abra para dar inicio a la lectura, no, la lectura debe comenzarse por su principio. Sin embargo, la reseña no requiere ningún orden. No lo requiere porque la primera pregunta que te asalta una vez leída “fantasía” (palabra que cierra la novela y pocas veces se cierra una novela con tanto tino) es: ¿por qué no una adenda en la que el autor calme la pesadumbre del lector? Un motivo tranquilizador que dé paso a un sueño reparador que vacíe el cerebro de reflexiones desasosegantes, de equinos, de trampantojos, de híbridos y de malnacidos.

A pesar de la impactante lista de estos términos que cierran el párrafo anterior, no pretendo asustaros, nada más lejos. Se trata de una síntesis de sensaciones, actuantes, referencias, experiencias y personajes dudosos, o dudosos personajes, que vertebran el libro, si es que un libro tan difícil de vertebrar puede ser vertebrado. La costumbre invita a pensar que los libros están divididos, como nos enseñaron en el colegio, en partes bien diferenciadas, al menos en partes cuya frontera, más o menos, puede ser señalada con una raya divisoria en cualquier página, párrafo arriba o párrafo abajo. En “Menos joven” olvidad todo lo que conocíais hasta el momento. Quizá hayáis leído libros de formas y fondos variopintos, alguno que se pueda asemejar a este, pero no como este.

“Menos joven” no es “Menos joven”, como podría hacernos pensar su título. “Menos joven” es, en realidad, “El peinado de Calígula”. Aunque, si fuésemos realmente fieles a lo que se nos relata, diríamos que “Menos joven” tampoco es “El peinado de Calígula”, sino “Bogdano o la necesidad de ser Bogdano”. ¿Por qué digo esto? Sería muy largo de explicar y desvelaría momentos gloriosos; pero, para no dejaros con la miel en los labios, os diré que Bogdano es el verdadero protagonista de la historia, una historia llena de situaciones surrealistas, lisérgicas, que se van internando en los primeros conocimientos de un hombre, señuelos para vivir en una vida privada de certezas, aunque estas se hayan suministrado de una forma aparente. Parece complejo, ¿verdad? El libro es complejo desde su inicio, que es el siguiente:

“Bogdano sabe que su padre ya no es capaz de distinguir entre trabajo y realidad. Es algo que le preocupa”.

La clave de todo el libro se encuentra en esa sencilla apertura (y con una palabra se compendia). ¿Qué es la realidad para Bogdano, un chico al que su padre educó a la manera híbrida? Curiosa metáfora para denominar a la privación de conocimientos reales. En un afán de protección, el padre solía intercambiar las tapas de los libros (don Quijote pudo haber salido de la pluma de, qué sé yo, Lucía Etxebarria. El mundo adquiere otra dimensión, no me lo negaréis), lo que provocó que Bogdano creciera conociendo la realidad que le fue mostrada, no la realidad real. Y a partir de aquí, un programa radiofónico, El peinado de Calígula, que sirve como una suerte de mecanismo catártico que atraerá a Bogdano hacia el conocimiento verdadero, deshaciéndose de sus ídolos, de los tótems que han jalonado cada una de las etapas de su inmadurez hasta construir la estructura de su personalidad basada en conocimientos y desarrollo emocional, todo sobre pilares de barro erigidos sobre un cenagal inestable de embustes, falso cariño, enfermizo proteccionismo y toda una serie de despropósitos.

©Fotografía: Alfondo Rodríguez Barrera

Hay momentos a lo largo de la lectura en los que el lector, en mi caso al menos, tiene la sensación de estar siendo víctima del juego macabro del autor, de ser un narratario indirecto al que maneja a su antojo, que lo zarandea, lo lleva de un lugar a otro al ritmo, a veces aparentemente irreflexivo, de la narración del verborrágico locutor. A veces, incluso, uno duda de quién es el verdadero locutor. Quiere apreciarse la sombra de Martín Giráldez tras las bambalinas, apuntando al locutor. O al mismo autor desdoblado en un papel y otro, apuntándose a sí mismo, deslizando quejas sobre el idioma a lo largo del libro, apuntalando la sintaxis y la gramática del idioma en lo que parece a simple vista un fragmento más de la locución del locutor, pero tratándose realmente de una fuerza ineludible que lo arrastra hacia las páginas como arrastra al lector, involucrándose e involucrándolo, recargando a veces, eso sí, un léxico rico que no precisaba de alambicados juegos léxicos, suficientemente depurado, apoyado en sorpresas paratextuales. Armonía y desarmonía danzando al ritmo de una lírica sugestiva que obliga al lector bien a seguir sus pasos al compás o bien a caminar sigiloso junto al conjunto, como un voyeur, ver sin ser visto, disfrutando de la danza macabra expiando pecados el día del auto, buscando la redención, quizás, en medio de una alegoría que no entiende muy bien hasta que se encuentra metido de lleno en una tragedia de la que es incapaz de escabullirse, braceando para apartar de su lado a toda la retahíla de presentes, ausentes que le asfixian con su presencia, una estampida equina que lo arrastra de un lado a otro, cuyos cascos siente pisotearle las entrañas mientras vocifera expresiones que a duras penas puede entender.

“No hay pacto con el Diablo, no hay ni conversación con el Diablo: el único pacto de posteridad y de ambición para Bogdano es el que le ha ofrecido El peinado de Calígula. Eso es todo. Aunque tampoco descartemos la posibilidad de que aquel negociador que sostenía largas charlas con semiídolos como Adrian Leverkühn, Iván Fiódorovich Karamázov o Ebenezer Scrooge sea el productor de El peinado de Calígula. El Gran Flaqueador. Veo que Bogdano se ríe con esta explicación mía, y tiene razón: tal vez no deja de parecer un poco forzado y puramente decorativo insinuar que un espacio de entretenimiento que se radia en horario infantil pueda ser la realización de las promesas de Mefistófeles a Fausto.”

Al final, cuando cierras el libro, se abre de nuevo y comienza a cobrar forma, empiezan a encajar todas las piezas que pudieran haberse extraviado en la travesía. Visto desde cierta distancia, los hilos con los que nos encontrábamos sin saber por qué formaban una telaraña perfectamente tejida cuyas fibras sujetaban el entramado de ideas como un estupendo panel anunciador de algo con coloridas luces de neón.


También de JEKYLL & JILL en G&R:

“Del enebro”, de los hermanos Grimm: http://www.graniteandrainbow.com/?p=362


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José Braulio Fernández Riesgo

José Braulio Fernández Riesgo Abeces leo | Granitero Oviedo Twitter: @JoseBrauliofr

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