Lletreferit — 30 Marzo 2015
“La muerte de la bien amada”, de Marc Bernard (errata naturae)

«I like you. Your eyes are full of language.»

ANNE SEXTON

La muerte de la bien amada es un libro breve, emocionante, que no puede leerse en cualquier momento. Es una novela que te exige un grado de empatía que, en ciertos momentos, no estamos dispuestos a generar. Cuando leemos sus páginas estamos siendo egoístas —y me pregunto si no todo acto de lectura es un acto egoísta— porque buscamos en él cierto dolor ajeno que haga que nuestra felicidad brille más, porque buscamos ciertos abismos que no recordamos pero que necesitamos para, quizás, escribir o contar, y porque nos recuerda, sobre todo, que si eres feliz mejor que te dediques a vivir; que para llorar, escribir, rememorar, vaciarte, siempre hay tiempo.

Los días buenos son menos buenos, lar largas y hermosas temporadas, salpicadas de negras horas, permanecen; con todo, el precio a veces ha sido tan elevado que rehusaríamos volver a pagarlo. Nos asemejamos a ciertas aves cuyo canto sólo alcanza la perfección, según dicen, cuando han quedado ciegas.

Nadie escribe como cuando está desolado, destrozado, decostruyéndose, desmitificándose, desollándose, desnudándose, muriéndose por dentro, rompiéndose los huesos, arrancándose la sangre. Nadie tiene un estado de gracia, y de desgracia, tal en la escritura como cuando no es más que un saco lleno de nostalgias, recuerdos, memoria y dolor. Las musas de las que hablaba Picasso han resultado ser abismos personales en los que ardemos, en los que nos estamos rompiendo por dentro. Y se escribe para vaciarse, para ser un poco más liviano y, quizás, seguir viviendo. Pero la vida, como le ocurre al protagonista, nunca volverá a ser igual. La luz desaparecerá y será la oscuridad la que le acompañe. Será el estado de duelo perpetuo. La condena por sobrevivir a la bien amada.

A veces dejas de llorar; te descubres seco, llameante. Se te olvida el motivo de tu dolor, pues su mera presencia lo justifica. Agonizas, y piensas que la única salida es acabar con todo. Mientras las lágrimas se derraman se disuelve la congoja, y cuanto más abundantes, tanto mayor el alivio. Lo insoportable son las tormentas secas, los destellos, los chasquidos, los gritos, todo aquello que ilumina tu infortunio.

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Lo que ni Else ni yo imaginamos jamás acabó sin embargo por suceder: estamos separados. ¿Adónde podría ir, con quién, para qué? El mundo se ha cerrado, el mismo mundo que se me presentaba abierto de par en par, con sus luces, sus tinieblas, sus abigarramientos. Me encuentro en un espacio vacío. Han desmontado la carpa durante la noche; ya sólo quedan los boquetes y las marcas de pisadas en el suelo. Y un único espectador que se acuerda con amargura del esplendor del espectáculo.

La muerte de la bien amada, sin embargo, no sólo es duelo y puñaladas. También es el preciosismo del amor, la luz que irradiaban los cuerpos cuando la vida parecía eterna —se nos olvida, a menudo, que todo es eterno mientras dura— y el amor, su amor, parecía la respuesta, la acción, el sentimiento, que lo justificaba todo. El protagonista no duda en desnudarse en cuerpo y alma y mostrar su sentimiento por Else tal y como es. Y es bello, bellísimo, y lo hace bella, bellísimamente. No es un emplasto de romanticismo sin ton ni son, sino un proceso por el que el protagonista debe pasar para poder escribir la historia, para hacer su amor eterno y revivir, claro, a Else.

Incontables somos quienes hemos perdido nuestro equilibrio y contemplamos un espacio vacante  y nos inclinamos sobre él igual que una ruinosa torre.

La muerte de la bien amada es una carta de amor y un aviso para los lectores. Y es importante saber que uno no puede nadar en este libro sin tener la sensación de ahogo, bien sea porque nuestra felicidad no acepta este tipo de peligro que la amenaza o bien sea porque la profundidad puede llevarnos a la piedra, y la piedra al fin; porque la tristeza, como dijo Flaubert, es un vicio. Y, pese a todo, esta tristeza de Bernard es luminosa, preciosa, como un diamante maldito.


MÁS ERRATA NATURAE EN G&R:

Karl y Anna, de Leonhard Frank

Élisa, de Jacques Chauviré

Para un ruiseñor, de Maria Van Rysselberghe

Hace cuarenta años, de Maria Van Rysselberghe

Romance en París, de Franz Hessel


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Ainize Salaberri

Directora y editora de G&R. ı Lectora editorial. ı Proyecto de traductora. www.ainizesalaberri.com

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