“En la ceniza escribo”, de Akutagawa Ryunosuke (Satori)

“En la ceniza escribo”, de Akutagawa Ryunosuke (Satori)

El escritor de la tormenta. El escritor del subconsciente. Y, ahora, el escritor de la ceniza. Akutagawa Ryunosuke también sabe escribir haikus, y de una forma tan bella como escribe sus relatos, como escribió su vida. Un escritor de una sensibilidad tan aplastante que su belleza duele, abre en canal.

Una araña trepando por tu brazo. Las cosquillas. Una araña de tamaño medio, negra, con pinta de fiera. La incertidumbre. Una araña que trepa más rápido y que a cada paso parece más venenosa. El miedo. Así es Akutagawa. Así demostró serlo en “Vida de un idiota”, también publicado por Satori, y así demuestra serlo en “En la ceniza escribo”. Aunque, y es justo decirlo, en estos setenta haikus hay más calma que trueno.

«Por el pasillo de la medianoche no pasa nadie. No obstante, a veces, al otro lado de la puerta escucho el batir de alas. Puede que alguien tenga un pájaro en alguna parte.»

VIDA DE UN IDIOTA

Todo buen autor japonés que se precie tiene una relación de amor-odio con la naturaleza. De la misma manera que Mary Shelley utilizó la naturaleza para describir el estado de ánimo del monstruo en “Frankenstein”, Akutagawa refleja en la luz, en el río, en la oscuridad, en las flores, en los animales, en el bosque, en las nubes, en el monte, en los murciélagos, en la luna, sus desdichas, sus dolores, y su intento constante de poder seguir percibiendo las bondades de una vida que se le presenta, en ocasiones, demasiado traumática. Si algo tiene Ryunosuke es esa increíble capacidad de escribir, y de alcanzar a los lectores, en un estado perpetuo de piel de gallina, con los poros abiertos y rezumando sentimientos. Podemos escuchar la lluvia, sentir el frío, la llegada de la primera, el fin de invierno, las hojas que caen sobre nuestra cabeza, el cerezo en flor; podemos oler, marchitarnos y florecer, podemos tocar la mano de Ryunosuke y sacarlo de la tunda que le está dando el desamor, la ausencia, la excesiva presencia.

Caen hojas del gingko / y del cerezo caen; / nos mudamos de sitio.

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Silencio en torno; / solitario el cerezo / bajo lluvia vernal.

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Lejano mar; / aquel pueblo de isleños / tragará niebla.

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Pasado el luto, / ¡cuántos mares traen niebla / a cuántos mundos!

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En la ceniza escribo / un nombre de mujer, / al calor del brasero.

Imagino a Akutagawa en su isla particular, rodeado de una amalgama de sensaciones, sin saber dónde mirar exactamente pero exprimiendo de cada una lo necesario para entenderse, escribirse, reflejarse en lo que nadie ve como él; la necesidad de Akutagawa, bien sea en poemas o en narrativa, ha sido siempre darse sentido, ordenarse los huesos, encontrar el paso siguiente que lo lleve a un futuro (incierto pero futuro) y que no lo ancle en un falso pasado, en terrores que aún no han llegado, en presuntos escenarios que no se almolden a su cuerpo. El miedo, constante, de Ryunosuke está presente en cada uno de los haikus: necesita quedarse con la belleza porque si no qué. Y estos haikus son un escenario previo a la desazón, a la oscuridad que, sin embargo, acecha. Pero en ellos aún se permite ser, sentirse positivo, vivir. Sin embargo, necesita entender el proceso que lo lleva a observar cómo se ha oscurecido el mar tras cientos de fuegos artificiales iluminándolo; y, quizás, entender por qué crea más luminosidad y belleza el haiku que habla de la oscuridad y no del colorido de los fuegos. Akutaga quizás necesita entender el por qué de lo lúgubre y extraño, más que del cuclillo, la salamandra o el baile.

Caigo en la cuenta: / mis finas vestiduras / las llevo heladas.

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Alba del día: / ya arde cerca, en la rada, / canta un cuclillo.

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Primera rana: / porta al dorso su cría / con la cabeza gacha.

¿Es Ryunosuke esa rana, de cabeza gacha, que lleva a su ranita bebé sobre sí, primando su vida antes que la propia? Quizás Akutagawa siempre haya hecho eso: prevenir su vida de ese otro yo, que era un monstruo invisible, que acechaba. Estos haikus vienen a demostrar aquello que dijo en “Vida de un idiota”: «Tú, que amas la belleza de la naturaleza, seguramente te estarás riendo de esta contradicción ante mi intento de suicidio. Pero la naturaleza se me presenta bella porque la miro con un pie en el estribo de la muerte.» Es verdad. Ryunosuke nunca dejó de estar una zancada fuera de la vida. Por suerte supo apreciar la vida lo suficiente como para escribir y dejarnos la sensación de que su paraíso, y su infierno, por qué no, era también el nuestro.


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Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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