“Me gustaría”, de Amanda Mijalopulu (Rayo Verde)

“Me gustaría”, de Amanda Mijalopulu (Rayo Verde)

“El escritor escrito”

No es habitual encontrar un libro que se presenta como una colección de relatos —trece en concreto— y que encubra una novela o, como aclara al final en texto anexo su autora —la griega Amanda Mijalopulu (1966), autora de cinco novelas, dos colecciones de relatos y varios libros infantiles—, “los relatos como versiones de una novela que no está escrita”. Pero  esos enganches que existen entre todos ellos —personajes, referencias argumentales, recurrencias que hilan unos contenidos a otros, situaciones que se vislumbran y anticipaciones varias que acabarán indefectiblemente desplegándose en los  otros cuentos, tono general, estilo y registro dialógico— son tan poderosos, arman hasta cierto punto una intención unitaria, condensan un mundo, reflejando de modo fragmentario su devenir —y quizá esta sea la única característica realmente sobreviviente de lo que hoy en día podemos considerar una novela, teniendo en cuenta que el diálogo intergenérico y la libertad conceptual han hecho claudicar o difuminarse todas las otras—, que no sin razón estos trece relatos esconden una novela que pretende reflejar una especial, libérrima,  crónica de una familia, concebida con criterios fragmentarios y que despliega todo un aparato teórico encubierto sobre el propio hecho de su escritura.

El drama de las relaciones familiares, y en concreto el fraterno —entre dos hermanas, Stela y Jristina, cuya relación se vislumbra desde la infancia hasta la accidentada muerte en la vejez—, aparece lenificado por una distancia emocional y ciertos recursos, como ese tono desenfadado, a veces ingenuo, a veces meditativo —una meditación que tiene con frecuencia como tema el de la propia escritura, como en “Una desazón llevadera” o en “Me gustaría (versión orquestal)”—, en otras inquietante —como en “Papá y la infancia”— o francamente onírico —“Dentes”-  o surrealista —“¿Qué vas a hacer luego?”— y cierto apego a situaciones cómicas, en particular en un relato como “Zapatillas de punta”. Como la vida misma —“Cuando hurgas en un relato, encuentras tu propia historia. Es así. Por eso leemos libros”, p. 138—. Un juego de contrarios, de borgianos espejos en que se reflejan personajes y sus escritores, de múltiples guiños escriturales que conectan unos cuentos con otros mediante sutiles ilaciones —las riendas del caballo, las zapatillas de ballet— o con gruesos hilos —anticipaciones que quedarán desplegadas en el argumento de otros relatos.

No falta tampoco el juego de las engañosas apariencias, que hablan de una autora que no descarta nunca la complicidad inteligente de un autor activo, que debe bucear en las entrañas de los relatos para encontrar sentidos, intenciones, y no dejarse llevar por la apariencia de escritura ingenua, desenfadada e informal. Porque estos relatos son  mucho más experimentales de lo que parece, al haber roto su autora cualquier tipo de convención de tiempo o disposición lineal, desviándose incluso desde terrenos cotidianos a ámbitos surrealistas, y al quebrar también la unívoca presentación de sus personajes, y porque el hecho de la reflexión sobre el proceso de la propia escritura viene imbricado en los personajes y sus actos, de modo que el juego entre lo real y lo ficticio adquiere forma casi inapresable. Y es que Amanda Mijalopulu sabe jugar con los misterios de lo real mediante duplicidades y desdoblamientos, y su espíritu lúdico y de gran inventiva vive en los dominios de la intertextualidad y lo metalitario, con una voz genuina que arriesga en los temas, como la dificultad para aprehender la naturaleza humana de un modo lineal o unívoco, de sentir la complejidad de lo diverso, de retratar los fenómenos que se atienen a su naturaleza dispar, siempre en ámbitos cotidianos y domésticos –con esa trascendencia surrealista que apuntábamos-, donde el escritor se escinde entre el que expresa y el que es expresado por sí mismo.

El resultado es de una riqueza insólita y extraña, que quizá solo encuentre su sentido en el relato final, “Me gustaría (versión orquestal)”, presentado como un diálogo de los principales actores consigo mismos en cuanto escritores de este conjunto de relatos, y por supuesto de manera subliminal con la propia autora, y que se ofrece como una revisión final del propio libro, de su génesis e intenciones, llegando incluso a cuestionarse la pertinencia de su título y su justificación, y, sobre todo, cerrándose así el ciclo de la crónica familiar. De este modo, la autora ha logrado lo que su personaje expresa: “Se trata de conseguir un equilibrio entre lo cerebral y lo emocional —añade él—. Álgebra y fuego, como decía Borges”.


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