“El zoo trágico”, de Lidia Zinovieva-Annibal (Nevsky Prospects)

“El zoo trágico”, de Lidia Zinovieva-Annibal (Nevsky Prospects)

La Libertad Vacía

Estornudad y sacad al maldito de vuestras entrañas.

El mundo puede venirse abajo en los ojos de un animal abandonado, inocente, que sufre; el mundo, de hecho, es un lugar peor cada vez que un pobre animal, cazado, maltratado, olvidado, deja la vida para auparse a la muerte. La protagonista de este libro, Vérochka, lo sabe muy bien: sus carnes también se han abierto con el último suspiro de sus mascotas, de sus amigos, de sus casi hermanos. Y “El zoo trágico” comienza de la manera más trágica posible (oseznos peludos eternamente tiernos que tienen que sufrir todo lo deplorable que es un cazador en Rusia) para acabar con la temida revelación de que una vida, atractiva, vivida, exprimida, puede ser también una muerte congestionada.

¡Si respiro romperé a llorar! Así que corro aguantando la respiración.

¿Hacia dónde? ¿Dentro del armario? Todo el mundo conoce el escondite del armario. Será el primer lugar en el que me busquen. Necesito encontrar un refugio nuevo, donde no se les ocurra que se pueda llorar.

“El zoo trágico” es terrible, es un dolor constante, es como los poemas de Anne Sexton: con una sencillez pasmosa, sin añadidos infames, la mujer recuerda a la niña que fue, y a la que no fue, y le da un sentido a lo que entonces no parecía tenerlo. Y pareciera que, al mismo tiempo que nos lo cuenta a nosotros, se lo está contando a ella misma, como si fuera una nana, para tranquilizarse, como diciéndose: “mira, Vérochka, nada fue nunca tan malo”, engañándose, en realidad, como lo hace la tragicomedia. En esta novela, sin embargo, nada es cómico, nada es prudente: la protagonista baila sobre lagos helados, congeladísimos, que bien podrían ser la memoria, y les añade un foco caliente, que son los secretos, que van derritiendo las muchas capas que esa niña, ya mujer, se fue añadiendo por conveniencia, por imposición, por un “hago lo que me digáis con tal de que me dejéis en paz”. De esas capas, de todas, huye la protagonista mientras los abismos que sus pies abren succionan el dolor de la infancia, el dolor de la belleza de la Rusia pre-revolucionaria, el dolor de las pérdidas, de los besos en el internado, el dolor de las mujeres amadas. También succionan el dolor de las palabras no dichas, jamás olvidadas, el dolor del frío sobre las manos rojas, el dolor del terrible espectáculo que es la vida. El dolor propio de saber que los ojos de uno son impenetrables. El dolor del deseo.

No hay Dios. Pero el deseo sí que existe.

Y no se trata sólo de uno. Puedes tener un deseo enorme por algo, y al cabo aparecerán muchos otros más pequeños. Un número muy elevado de pequeños deseos.

Los pequeños deseos son algo menos importantes. Y pinchan, como montones de crines de caballo que salen de un colchón. Muchos pequeños, rudos, deseos que pinchan.

Y no hay Dios.

Crueldad, belleza, descubrimiento. Vacío, búsqueda, atrevimiento. La pequeña niña recordada por la gran mujer se sacude los cabellos e intenta recuperar un poco de esa astucia, de ese vivir sin preocupaciones, de ese buscarse en los castigos y en los silencios que, irremediablemente, se pierden en el camino a la madurez. En “El zoo trágico” la oscuridad va disipándose página a página y, sin embargo, sabemos que volverá, que caerá de golpe, también sobre nosotros, al terminar el libro, en su último capítulo, en su última frase. Porque la niña ha muerto, ahora es mujer; porque Rusia ha cambiado, es aún más cruel; porque el dolor sigue latiendo, aquí, aquí, aquí; porque la sexualidad y la sensualidad, de repente, vienen cargadas de amor, y qué miedo, mamá; y porque la infancia, siempre, aun la más feliz de todas las infancias, es siempre una potencia descarriada. El ayer del aquí, mamá. Necesito encontrar un refugio nuevo, donde no se les ocurra que se pueda llorar.

8/10

Author

Directora y editora de G&R. ı Traductora ı Lectora editorial ı Adicta al café ı Woolfian, Sextonian . www.ainizesalaberri.com

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